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CONTRA ESTO Y AQUELLO
OBRAS DEL AUTOR
Pesetas.
PAZ EN LA GUERRA (novela).— Madrid, Fer- nando Fé, 1897 4,00
DE LA ENSEÑANZA SUPERIOR EN ESPA- ÑA.—Madrid, Revista Nueva, 1899 1,50
TRES ENSAYOS: ¡Adentro i-La ideocracia.-La fe.— Madrid, B. Rodríguez Serra, 1900 1,00
EN TORNO AL CASTICISMO.— Madrid, Fer- nando Fé. Barcelona, Antonio López, 1902. . . 2,00
AMOR Y PEDAGOGÍA (novela).— Barcelona,
Henrich y Comp.a, 1902 3,00
PAISAJES . — « Colección Colón» . — Salamanca,
1902 . 0,75
DE MI PAÍS (descripciones, relatos y artículos
de costumbres). — Madrid, Fernando Fé, 1903. 3,00
VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada. — Madrid, Fernando Fé, 1905. . . . 4,00
POESÍAS. — Fernando Fé, Victoriano Suárez, Madrid, 1907. . . 3,00
RECUERDOS DE NIÑEZ Y DE MOCEDAD.
Madrid, Fernando Fé, V. Suárez, 1908 3,00
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS.— Biblio- teca Renacimiento, V. Prieto y Comp.a, Ma- drid, 1910 3,50
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y DE ES- PAÑA.— Biblioteca Renacimiento, V. Prieto y Comp.a, Madrid, 191 1 3,5°
ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS.-Madrid,
Fernando Fé, Victoriano Suárez, 191 1 3,00
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES.— Bi- blioteca Renacimiento, V. Prieto y Compañía, Madrid, 1912 3,5°
MIGUEL DE UNAMUNO
CONTRA ESTO Y AQUELLO
MADRID RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL Pontejos, 3. 1912
ES PROPIEDAD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL. — PONTEJOS, 3.
A D VER 1 ENCIA PREVIA
Los artículos que componen esta colección no son propiamente ensayos críticos, ni pre- tende su autor que lo sean. Tan sólo son no- tas de un lector. En rigor, un pretexto para ir el autor entretejiendo sus propias ideas con las que le dan aquellos otros escritores á que lee.
Escritos á vuela pluma y para satisfacer exigencias de labor periódica, no se endere- zan á llevar á cabo un trabajo de erudición, que debe quedar para otros ingenios mejor dotados á tal respecto. El autor de estos en- sayos no lee para citar lo leído , sino más bien para encender y enriquecer su propio pensa- miento.
Hay, además, en la colección ésta algunos trabajos que no se refieren expresamente á obra alguna literaria, sino que son reflexio- nes generales sobre temas literarios y uno sobre la crítica. En éste trata el autor de sin- cerarse en cierto modo para que no se le tome por un crítico, por lo que se llama corree la- mente un crítico, á cuyo oficio renuncia, lo mismo que al de erudito, por no sentirse con aptitud para ninguna de esas dos tan útiles y tan nobles funciones.
ALGO SOBRE LA CRÍTICA
No me gusta recoger las alusiones que se me di- rigen ni protestar de los juicios que sobre mi labor se vierten. Los que escribimos para el público de- bemos ser sufridos. Pero como, por otra parte, tampoco me gusta someterme á rígidas normas de conducta, alguna vez quebranto el propósito de no comentar los comentarios que sobre mi obra se hagan. Y esta es una de las veces. La quebranto á propósito de una página que en el número 2 de la Verdad, revista mensual de arte, ciencia y crítica, que se publica en Santiago de Chile, me dedica el señor don Ernesto Montenegro.
Chile es hoy, después de la Argentina, el pueblo americano en que con más y mejores amigos cuen- to; en cada correo me llegan expresiones de alien- to y de simpatía. Es uno de los pueblos en que creo contar con más lectores, y dentro de su nú- mero tal vez con los más atentos y los más reflexi- vos. Claro está que no todos los que de allí me es- criben aplauden sin reservas mi labor, sino que con frecuencia me oponen reparos y censuras de buena fe; así es y así debe ser.
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Hace pocos años, muy pocos, mis relaciones epistolares con chilenos eran escasísimas; hoy son muchas. Y esto lo he logrado «con unas cuantas lanzadas del género crítico», como dice el s^ñor Montenegro, con unos ensayos ásperos y duros, tal vez despiadados, sobre las obras de dos escri- tores chilenos. «Entre nosotros — añade el señor Montenegro — es casi un hombre célebre y sólo por sus diatribas contra algunos de nuestros compa- triotas célebres. Esto ha bastado para sustraer su nombre al silencio; ese respetuoso silencio en que se transmiten al oído un nombre de maestro sus admiradores, y hoy llevan el suyo de boca en boca con más curiosidad que cariño las gentes de ca- marilla literaria ó le rebajan su prestigio los perió- dicos para vengar pasiones de banderías.»
Esto es la pura verdad — debo declarar « con la modestia queme caracteriza» y empleando esta frase que he aprendido en Sarmiento , aquel noble y desinteresado egotista — y yo me tengo la cul- pa, si es que la hay, por haberme metido en corral ajeno. Y es que el ejercer la crítica á tanta distan- cia tiene el mal de que quien la ejerce ignora la actuación pública de los criticados, y ios prestigios literarios suelen muchas veces no ser más que re- flejos de prestigios de otro género.
Añade luego el Sr. Montenegro que hay quienes me estiman crítico rabioso porque desconocen mis obras. ¿Rabioso yo? Así Dios me perdone mis de- más pecados, pero hombre más blando y más con- descendiente dudo que lo haya.
«Para nosotros los que de veras le estimamos—
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sigue diciendo el Sr. Montenegro — no puede ser un mérito más su campaña devastadora, que tanto parece complacer á los envidiosos y fracasados, y á esa casta especial que , no pudiendo hacer nada serio, vive para burlarse del trabajo ajeno.»
Tengo que dar las gracias al Sr. Montenegro por esta noble declaración y declarar yo , por mi par- te, que tampoco á mí me parece que me añade mérito esa que llama mi campaña devastadora y que lamento el que complazca envidias. No lo hice para eso.
Es, sin duda, una de las amarguras que acibaran el ánimo de cuantos combaten por la verdad y por la justicia y por la cultura el encontrarse con que se tergiversa el sentido de su labor. Las mezqui- nas pasiones de los hombres lo convierten todo en sustancia venenosa. Yo fui en cierta ocasión so- lemne de mi vida ruidosamente aplaudido por ciertas duras reconvenciones-que dirigí á quienes más quiéro, y lo triste fué que el espíritu que mo- vió las más de aquellas manos á aplaudirme fué un espíritu contrario al que sacaba mis palabras de mi corazón á mi boca. Y algo así puede haber- me pasado en Chile.
«También este Chile — agrega el señor Monte- negro — tan maltratado en su patrioterismo por el fogoso libelista, le da un buen contingente de adeptos. De los que comulgan en su ferviente idealismo somos nosotros.» Lo creo, y creyéndolo espero de ellos la justicia de que me crean que es un interés real y vivo, que es una profunda simpa- tía hacia ese Chile que tanto se parece en espíritu
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á mi pueblo vasco, lo que me ha movido en más de una ocasión á fustigar la irreflexiva patriotería de alo-unos de sus hijos, como fustigo siempre que se presenta coyuntura la patriotería ciega de mis
paisanos.
Los escritores chilenos, cuyas obras he tratado de desmenuzar sin compasión alguna hacia el es- critor — el hombre merece mis respetos — son de esos escritores que ponen en ridículo á su propio país. Y bueno es advertir que á los hijos de esas jóvenes naciones que prosperan en riqueza y en cultura y adoptan, desde luego, los mejores pro- gresos de Europa, no les vendría mal en ciertas ocasiones una más discreta moderación de juicio al compararse con otros pueblos. La cultura es algo muy íntimo que no puede apreciarse tan sólo en un paseo por las calles de una ciudad y tal la hay que teniéndolas mal encachadas, llenas de baches y tal vez de fango, y careciendo de refina- mientos, de comodidad y de policía, puede ence- rrar tormas de espíritu de muy elevada y muy no ble prosapia.
La patriotería — lo que los franceses llaman «chauvinisme» — es una especie de enfermedad del patriotismo, cuando no un remedio de éste, y en Chile, donde el patriotismo sano, el normal ó si se quiere llamarle, forzando la metáfora, fisiológico, tiene tan hondas, fuertes y viejas raíces, es en uno de los países en donde menos debían consen- tir los patriotas que los patrioteros explayasen su manía.
En la ocasión solemne de mi vida á que antes
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me he referido, dije á mis paisanos que «gran po- quedad de alma arguye tener que negar al próji- mo para afirmarse», y esta mi sentencia de enton- ces, con lamentablemente harta frecuencia suelo tener ocasión de repetir. La repito siempre que algún patriotero cree necesario para exaltar á su patria, deprimir alguna ó algunas otras patrias; la repito siempre que me encuentro con patrioterías por exclusión, siendo así que el sano patriotismo es inclusivo. Ejemplo de éste tenemos en aquel soberano final del discurso de la bandera del gran Sarmiento, cuando llamaba á los pueblos todos de la tierra, empezando por los más afines, á consti- tuir la futura República Argentina.
No; yo no he maltratado jamás á Chile en su patriotismo— esto sería, además de una mezquin- dad, una locura y una injusticia; — lo que sí he hecho, ha sido arremeter, en la medida de mis fuerzas, contra la patriotería de algún chileno, sobre todo cuando ésta iba, de rechazo, en desdo- ro y rebajamiento de otros pueblos.
«Estos artículos que han venido á revolver la bilis de unos cuantos — sigue el señor Montene- gro— más bien quisiéramos no conocerlos.» Y yo más bien quisiera no haber tenido que escribirlos. Haber tenido que escribirlos, digo, porque al leer ciertas cosas no suelo poder resistir la tentación de arremeter contra ellas. ¿De qué me serviría predicar á los cuatro vientos el evangelio de Don Quijote, si llegada la ocasión no me metiese en quijoterías por los mismos pasos porque él se metió? Encontrarse él con algo que le parecie-
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se desmán ó entuerto y arremeter, era todo uno.
«El autor de la Vida de Don Quijote y S ancho ¡ el admirable revelador del símbolo caballeresco, se basta para merecer toda nuestra admiración. Lo demás de su obra que ha llegado hasta nosotros lo es de pasiones momentáneas, y como . ellas, pasa sin dejar rastro.» Yo siento mucho, claro está, que fuera de mi Vida de Don Quijote no haya llegado á manos del señor Montenegro, cu- yos son también esos dos párrafos, otra cosa que los frutos que en mí hayan podido dar pasiones momentáneas; pero espero que tanto él como aque- llos de sus paisanos que como él sientan á mi res- pecto — honrándome con ello no poco, — habrán de comprender que quien predica el quijotismo quijotice.
¿Y por qué — me preguntarán acaso — has ve- nido á dar precisamente contra dos escritores chi- lenos? Aparte de que más de una vez he tratado con igual dureza, si no en tan prolongado ataque, á otros escritores no chilenos, la pregunta tiene una fácil contestación. He ido á topar precisamente contra escritores chilenos, por la razón misma que suelo aquí combatir de preferencia los que creo defectos de mis paisanos, por interés. De otros, ó no me entero, ó si me entero me encojo de hombros.
Don Quijote salía por los caminos á busca de las aventuras que la ventura del azar le deparase, y jamás dejó una con el fin de reservarse para más altas empresas. Lo importante era la que de mo- mento se le presentase. Hacía como Cristo, que yendo á levantar de su mortal desmayo á la hija
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de Jairo, se detenía con la hemorroidesa. No se- leccionó el caballero sus empresas. Y no gusto yo de seleccionarlas.
Tal es la razón de que haya ido dejando el ofi- cio de crítico, sin renunciar á la crítica por ello. Imponerme la obligación de hacer critica de éstas ó las otras obras con regularidad, á plazos fijos, por vía de profesión, me parece algo así como si me impusiera la obligación de escribir un soneto ó una oda cada sábado. Eso me obliga á leer para criti- car, y me gusta más bien criticar por haber leído, atento á aquella sutil, á la vez que profunda dis- tinción establecida por Schopenhauer entre los que piensan para escribir y los que escriben por- que han pensado.
Esta razón por una parte, y por otra la de que una crítica suelta de una obra aislada, rara vez tiene valor permanente, me han ido apartando del oficio de crítico en que estuve á punto de caer, y hoy me reservo el ir leyendo las obrar americanas que caen en mis manos, para hacer más adelante un trabajo de conjunto sobre la literatura contem- poránea hispanoamericana, en que todas ellas sean examinadas en relación y colectividad, prestándo- se luz mutua y sirviendo cada una, según su res- pectivo mérito, de ejemplo de una tendencia ó de un valor generales.
Pero esto no empece el que si alguna vez un li- bro americano me llama poderosamente la aten- ción, ó siquiera me sugiere algunas consideracio- nes, rompa mi propósito y le dedique algunas cuartillas.
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En los dos ataques de crítica agresiva, según el señor Montenegro la llama, que he dirigido á dos libros chilenos, fué que en ambos me tocaron en dos de mis puntos doloridos, en dos que estimo dos fatales errores de no pocos hispanoamericanos, y no sólo chilenos. Es el uno la fascinación que so- bre ellos ejerce París, como si no hubiese otra cosa en el mundo y fuera el foco, no digo ya más esplendente, sino único, de civilización. Es manía que he combatido muchas veces, encontrando para ello fuerzas en la manía contraria de que acaso es- toy aquejado. Pues no he de ocultar que padezco de cierto misoparisienismo, que reconociendo lo mucho que todos debemos en el orden de la cultu- ra á Francia, estimo que lo parisiense ha sido, en general, fatal para nosotros.
Y el otro error, y más que error injusticia, que estallaba en el otro libro á que embestí sin compa- sión, es el de creer que los pueblos llamados lati- nos son inferiores á los germánicos y anglosajones y están destinados á ser regidos por éstos. Es me- nester que acabemos con esa monserga de inferio- ridad y superioridad de razas, como si la hubiese genérica y permanente, y no fuera más bien que quien en un respecto supera á otro le cede en otro respecto, y quien hoy está encima estuvo ayer de- bajo y tal vez volverá á estarlo mañana para em- cumbrarse de nuevo al otro día. Acaso lo que hace á unos menos aptos para el tipo de civilización que hoy priva en el mundo, sea eso mismo lo que les haga más aptos para un tipo de civilización futura. Cuando se nos moteja á los españoles de africanos,
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suelo recordar que africanos fueron Tertuliano, San Cipriano y San Agustín, almas ardientes y vi- gorosas.
Los autores de esos libros á que tan sin compa- sión traté, me son, como escritores, indiferentes y sólo me sirvieron como casos de dos enfermeda- des generales. Ellos me servían para ejemplificar doctrina y á la vez como representantes de la pa- triotería irreflexiva. Si mis ataques les han dolido lo siento, porque no gozo en molestar á nadie; pero es el caso que las censuras en abstracto, al modo de los moralistas que tronaban contra los vicios, tienen poca eficacia. La cosa es triste, bien lo veo; pero una censura á un vicio apenas tiene valor sino especificándola en un vicioso. Y lo mismo su- cede con los vicios intelectuales. Don Quijote pudo haber tronado en la plaza pública contra los amos que tratan mal á sus criados, pero prefirió so- correr al de Juan Haldudo el Rico, y en todo hizo lo mismo. La campaña dreyfusista en Francia ha sido mucho más eficaz que habrían sido predica- ciones sin base de aplicación individual.
Lo malo es cuando se ataca á uno por pasiones personales, por mala voluntad, por ganas de ha- cer reir á su costa ó por mezquindad de espíritu ó envidia, no tomándole como un mero caso de ejemplificación. Y he aquí por qué en las líneas que el señor Montenegro me dedica, tan benévo- las, tan respetuosas y desde el punto de vista en que se coloca tan justas, sólo hay una cosa que me desplace y de la que he de protestar, y es lo de llamar á esas mis duras críticas «panfletos á lo Val-
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buena>. No; no quiero parecerme á Valbuena, ni quiero que mi crítica tenga nada de la suya. Yo podré ser duro, pero hago esfuerzos por no sergro sero y burdo, y sobre todo, nunca he buscado ha- cer reir á los papanatas con chocarrerías sacrista- nescas y á costa del prójimo. No; nunca me he ins- pirado en el bachiller Sansón Carrasco, patriarca de los Valbuenas, ni he hecho de mi incompren- sión la medida de las cosas. Muchos serán mis de- fectos, pero el caer en crítico á lo Valbuena con- sideraría como una de las mayores desgracias que pudieran afligirme.
En todo lo demás debo confesar que estoy mu- cho más de acuerdo con el señor Montenegro de lo que pudieran creer los que me tengan por un crítico displicente y rabioso.
LEYENDO A FLAUBERT
Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, dijo el gran Perogrullo, que es uno de mis clásicos, y á quien acaso — ó sin acaso, como él diría — se le ha calumniado más de lo debido. Hace años ya, cuando empezaba á escribir para el público, dije que «repensar los lugares comunes es el mejor modo de librarse de su maleficio», y un semanario madrileño, el Gedeón^ que por entonces me dis- tinguía con sus frecuentes cuchufletas, dijo que la tal sentencia era una paradoja enrevesada que no había modo de entender. Como el que se empeña- ba en no entender eso y otras cosas tan claras como ello se murió, yo no sé si sus compañeros que hoy quedan lo entenderán ó no. A mí sigue parecién- dome tan claro como cuando lo formulé, hace años. Y ese viejo lugar común perogrullesco de que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pierde el maleficio de todo lugar común, que es el de fo- mentar nuestra pereza de pensamiento sustitu- yendo una idea por una frase, si volvemos á pen- sar en él.
El vivir, como yo vivo, en una antigua y retira-
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da capital de provincia, apartado de las grandes vías de comunicación y donde es relativamente fácil aislarse metiéndose en casa, tiene sin duda sus inconvenientes, pero creo que sus ventajas son mayores aún.
Nunca le falta á uno la media docena de amigos con quienes departir; en buenos días de vacacio- nes están el campo, la sierra, el encinar, y hay luego los chismes de ciudad y las cosas del ayun- tamiento. Y francamente, vale más hablar de ellas que no de los problemas nacionales é internacio- nales, sobre todo cuando éstos apestan. Y queda en todo caso, y más en estos días cortos, destem- plados y lluviosos del otoño, el meterse en casa á vivir con los propios hijos y con los muertos. Con los grandes muertos; con los genios de la huma- nidad.
Y así hago ahora. Leo á Tucídides, leo á Tácito, para no enterarme de lo que está pasando en Eu- ropa. Dejo el periódico que me habla de las nego- ciaciones franco-alemanas, de la guerra turco- italiana ó de la revolución en China, para enterar- me de la expedición de los Atenienses á Sicilia ó de la muerte de Germánico. Así he leído ú' tima- mente la Historia de la República Argentina, de Vicente F. López, á la que debo no pocas ense- ñanzas, cuyo efecto alguna vez saldrá en estas correspondencias.
El buen lector debe leer á la vez tres, cuatro ó cinco libros, descansando de cada uno en la lectu- ra de los otros, Así estos días, á la vez que leo á Jenofonte, á Tácito, una historia de la religión
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cristiana, alemana, un libro portugués, un libro de historia del gran historiador norteamericano Park- man, he leído y releído á Flaubert. Sobre todo, los cinco volúmenes de su correspondencia.
Flaubert es una de mis viejas debilidades. Por- que yo, que no pienso volver á leer ninguna no- vela de Zola, he leído hasta tres veces alguna de Balzac, repetiré acaso alguna de los Goncourt y he repetido las de Flaubert. Y es que Zola, como hace notar muy bien Flaubert, apenas se preocupó nunca del arte, de la belleza. La pretensión de hacer novela experimental y su cientificismo de quinta clase le perdían. Tenía una fe verdadera- mente pueril en la ciencia de su tiempo, sin acabar de comprenderla. Pero este Flaubert, este enorme Flaubert, este puro artista, está henchido de en- tusiasmo por el arte y á la vez de escepticismo, de íntima deseperación.
He releído L ] Education Sentimentale ,los Trois Contes, me propongo releer Madame Bovary , ayer terminé Bouvard et Pecuchet. ¡Pero, sobre todo, la Correspondance! Aquí está el hombre, ese hombre que dicen — lo decía él mismo— que no aparece en sus obras. Lo cual no es cierto, ni pue- de serlo tratándose de un gran artista.
Sólo en obras de autores mediocres no se nota la personalidad de ellos, pero es porque no la tie- nen. El que la tiene la pone donde quiera que ponga mano, y acaso más cuanto más quiera Ve- larse. A Flaubert se le ve en sus obras, y no sólo en el Federico Moreau de La Educación Senti- mental, sino hasta en la misma Erna Bovary, y en
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San Antonio y en Pecuchet mismo. Si, en Pe- cuchet,
El, Flaubert mismo, decía que el autor debe es tar en sus obras como Dios en el Universo, pre- sente en todas partes, pero en ninguna de ellas visible. Hay, sin embargo, quienes aseguran verá Dios en sus obras. Y yo aseguro ver á Flaubert, al Flaubert de la correspondencia íntima, en muchos personajes de sus obras.
¡Cómo me atraía estos días seguir las vicisitu- des sentimentales de este hombre de altos y bajos, de entusiasmos y abatimientos, de eterna decep- ción y desencanto! Hay una cosa sobre todo que siempre me ha atraído hacia él, y es lo que sufría de la tontería humana.
Sí, comprendo, más que comprendo, siento ese sentimiento que en Bouvard y Pecuchet le hace decir: «Entonces se les desarrolló una lamentable facultad («une faculté pitoyable»), la de ver la es- tupidez y no poder ya tolerarla». En francés tiene más fuerza la palabra «bétise». Y en 1880 escribía á su amiga Madama Roger des Genettes: «He pa- sado dos meses y medio absolutamente solo, como el oso de las cavernas, y, en suma, perfectamente bien; verdad es que no viendo á nadie no oía de- cir tonterías. La insoportabilidad de la tontería humana ha llegado á ser en mí una «enfermedad», y aun me parece débil la palabra. Casi todos los humanos tienen el don de «exasperarme» y no respiro libremente más que en el desierto». Lo comprendo y aun diré más, aunque se me tome á petulancia: conozco esa enfermedad,
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Ello es doloroso, muy doloroso, bien lo com- prendo, y acaso no es bueno; tiene una raíz de soberbia, de lo que se quiera, pero me ocurre lo que al pobre Flaubert: no puedo resistir la tontería humana, por muy envuelta en la bondad que apa- rezca. Dios me perdone si ello es algo perverso, pero prefiero el hombre inteligente y malo al tonto y bueno. Si es que caben bondad, verdadera bon- dad, y tontería, verdadera tontería, juntas, y no es más bien que todo tonto es envidioso, necio y mezquino. Su tontería le impide acaso al tonto hacer mal, pero no desea bien.
Antes perdono una mal pasada que se me juegue que una ramplonería ó una sonara vulgaridad que se me diga como algo que vale la pena de ser oído. La mediocridad y la rutina mentales me duelen hasta físicamente. Hay amigos á quienes he deja- do de frecuentar por no oírles los mismos eternos y sobados lugares comunes, ya sean católicos ó anarquistas, creyentes ó incrédulos, optimistas ó pesimistas. Y la vulgaridad más moderna, la de moda, me molesta más que la antigua, la tradicio- nal. El lugar común de mañana me es más irritan- te que el de ayer, porque se da aires de novedad y de originalidad. Por eso la tontería anarquista me es más molesta que la tontería católica.
Ese libro de las simplezas y las decepciones de Bouvard y Pecuchet es un libro doloroso. Hasta su manera de estar escrito, seca, cortada, á saltos, con feroces sarcasmos de vez en cuando, es dolo- rosa. Y hay en esos dos pobres mentecatos — no tan mentecatos, sin embargo, como á primera vis-
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ta parece — algo de Don Quijote, que era uno de los héroes y de las admiraciones de Flaubert, algo de Flaubert mismo. Y como Don Quijote y San- cho, Bouvard y Pecuchet, — inspirados en parte, no me cabe duda, por aquéllos — no son cómicos, sino á primera vista y sobre todo á los ojos de los tontos, cuyo número es según Salomón infinito, siendo en el fondo trágicos, profundamente trá- gicos.
El Quijote era. una de las grandes admiraciones de Flaubert. En 1852, á sus treinta y un años, es- cribía á Luisa Colet, la Musa: «Lo que hay de pro- digioso en el Don Quijote, es la ausencia de arte y la perpetua fusión de la ilusión y de la realidad, que hace de él un libro tan cómico y tan poético. ¡Qué enanos todos los demás al lado de él! ¡Qué pequeño se siente uno, Dios mío, qué pequeño!» El Quijote dejó indeleble marca en el espíritu de Flaubert; su producción literaria es profundamen- te quijotesca. Cervantes era con Shakespeare y Rabelais, con Goethe acaso, el genio que más ad- miraba. Y íué acaso Cervantes quien lo llevó á contraer aquella «enfermedad de España» de que en una de sus cartas habla: «Je suis malade de la maladie de l'Espagne». No acabó nunca, en cam- bio, de sentir bien al Dante, á este formidable flo- rentino , que es una de mis debilidades. Pero me lo explico por lo mismo que sentía hacia Voltaire una admiración de que no puedo participar, aun reconociendo toda su grandeza. Es cuestión de sentimiento, ó mejor dicho, de educación, y la de Flaubert no fué muy católica.
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Pero sentía la fuerza del catolicismo. En 1858 escribía á la señorita Leroyer de Chantepie, una mujer trabajada por inquietudes religiosas — «¡rara avis!» — diciéndole: «De aquí á cien años Euro- pa no contendrá más que dos pueblos: los católi- cos de un lado y los filósofos del otro.»
Y él, el pobre Flaubert, no podía irse ni de un lado ni del otro. Le faltaba la fe religiosa, pero no era tampoco uno de esos espíritus simples que pueden entusiasmarse con la filosofía, la ciencia, el progreso ó la ingeniería. Comprendo su posi- ción; ¡no la he de comprender! Mejor aún, la sien- to; ¡no he de sentirla!
En 1864 escribía á la señora Roger des Genet- tes: «La rebusca de la causa es antifilosófica, an- ticientífica, y las religiones me desagradan aún más que las filosofías, porque afirman conocerla. ¿Qué es una necesidad del corazón? ¡De acuerdo! Esta necesidad es lo respetable, y no dogmas efí- meros.» ¡Cuántas veces he dicho lo mismo!
Pero oid este otro párrafo de una carta de 1861 á la misma señora: «Tiene usted razón; hay que hablar con respeto de Lucrecio; no le encuentro comparable sino Byron, y Byron no tiene su gra- vedad ni la sinceridad de su tristeza. La melanco- lía antigua me parece más profunda que la de los modernos, que dejan entender todos más ó me- nos la inmortalidad más allá del «agujero negro». Pero para los antiguos este agujero era el infinito mismo; sus ensueños se destacan y pasan sobre un fondo de ébano inmutable. Nada de gritos, nada de convulsiones, nada más que la fijeza de un ros-
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tro pensativo. Los dioses no existían ya y Cristo no existía aún, y hubo desde Cicerón á Marco Au- relio un momento único, en que el hombre se en- contraba solo. En ninguna parte hallo esta gran- deza, pero lo que hace á Lucrecio intolerable es su física, que da como positiva. ¡Es débil porque no lia dudado bastante; ha querido explicar, con- cluir!» ¿Veis al hombre? Yo no sólo lo veo, lo siento, lo siento dentro de mí.
Y este hombre, á quien se ha creído impasible y hasta frío por aquella añagaza artística de la im- personalidad, este hombre escribía en 1854, ¡á sus treinta y tres! ála Colet: «¡Creo que envejecemos, nos enranciamos, nos agriamos y confundimos mu- tuamente nuestros vinagres! Yo, cuando me son- do, he aquí lo que siento hacia tí: una gran atrae» ción física, ante todo, después una adhesión de espíritu, un afecto viril y asentado, una estimación conmovida. Pongo al amor por encima de la vida «posible» y no hablo nunca de él en uso propio. Has abofeteado delante mío la última noche y abofeteado como una burguesa mi pobre ensueño de quince años, acusándole una vez más de «¡no ser inteligente!» Estoy seguro, ¡vaya silo estoy! ¿es que no has comprendido nunca nada de lo que escribo? ¿no has visto que toda la ironía con que en mis obras me ensaño contra el sentimiento, no era sino un grito de vencido, á menos que no sea un canto de victoria?» Grito de vencido, sí, grito de vencido, ¡y no canto de victoria! grito de ven- cido, del que cinco años más tarde, en 1859, escri- bía á Ernesto Feydeau, con ocasión de haber éste
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enviudado: «No te revuelvas ante ia idea del ol- vido. ¡Llámala más bien! Las gentes como nos- otros deben tener la religión de la desesperación. Hay que estar á la altura del destino, es decir, impasible como él. A fuerza de decirse: «ello es, ello es», y de contemplar el agujero negro, se cal- ma uno». ;Se calma? ¿De veras, se calma? No, no se calma. Lo que hay que hacer es sacar de la deses- peración misma esperanza y mandar á paseo á to- dos esos estúpidos cientificistas que se os vienen con la cantilena de que nada se aniquila, sino que todo se transforma, de que hay un progreso para la especie y otras necedades por el estilo.
Leed la correspondencia de Flaubert y veréis al hombre, al hombre cuya terrible ironía era un grito de vencido, al hombre que sufrió con Mada- me Bovary, con Federico Moreau, con Madame Arnoux, con San Antonio, con Pecuchet... Veréis al hombre, cuya religión era la de la desesperanza y cuyo odio era el del burgués satisfecho de sí mis mo, que cree conocer la verdad y gozar la vida, y os suelta una necedad cualquiera, á nombre de la fe ó á nombre de la razón, amparándose en la re- ligión ó amparándose en la ciencia. Es extraño que un hombre así, como el hombre Flaubert, el soli- tario de Croisset, padeciese la dolencia de la inso- portabilidad de la tontería, de la «bétise» huma- na? Y para no tener que soportarla se enterraba entre libros, á desahogar su dolencia en sus in- mortales obras.
¡Y le dolían los males de su patria, vaya si le dolían! No hay sino leer sus cartas de 1870, cuan
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do la invasión prusiana y el sitio de París. Llegó á decir que creía era el único francés á quien de veras le dolía Francia. Y se encerraba en Croisset, á cumplir el que estimaba su deber, á trabajar en sus obras. Creyó hacer en «La Educación Senti- mental» una obra altamente patriótica y la hizo. Más, mucho más que tantos otros que peroraban en el parlamento. Hizo una obra de profunda po- lítica, él, que detestaba eso que comúnmente se llama, por autonomasia, política. ¿Y cómo no va á detestar la política el que sufre de insoportabili- dad de la tontería humana?
¿Cómo voy á salir de casa estos días? ¿A qué? ¿A ponerme malo de oir la tontería monárquica ó la tontería republicana, la conservadora ó la libe- ral, la carlista ó la socialista? ¿Voy á salir á oir el consuelo del tonto creyente que nunca ha dudado ó el del no menos tonto libre pensador que tam- poco duda? ¡No, no, no; mejor meterme en casa á fortificarse contra el destino, leyendo á los gran- des desengañados y á los grandes engañadores, á los apóstoles de la desesperación y á los de la in- mortal esperanza, á los que quieren dejar de ser y á los que quieren ser siempre. Y que los «vivos» entretanto se burlen de los locos; ¡que siga el «macaneo» de los que se creen avisados!
¡ Oh , santa soledad !
LA GRECIA DE CARRILLO
Tengo aquí, á la mano, el libro Grecia, de Gó- mez Carrillo, con el cual, á la vez que he dado una vuelta por la Grecia de hoy, he refrescado mis es- tudios clásicos. En una de sus páginas el autor me pide perdón — no puedo dar lo que no tengo — por si dice una herejía al traducir la prudencia griega por don de mentir ó virtud de engañar. De hecho los griegos se jactaban de engañar al enemigo; su moral no era, ciertamente, la moral caballeresca.
Pero, ¿por qué Carrillo se dirige especial y se- ñaladamente á mí? Sin duda por ser yo un cate- drático de lengua y literatura griegas. Sí, lo soy, como lo fué — y Carrillo lo recuerda — Nietzsche; pero no soy un erudito helenista. Y aun hay más; y es que por esa erudición siento una mezcla de repugnancia y de miedo. Para un erudito que co- nozca con alma, conozco veinte que no la tienen. Si en la oficina en que se está comentando á Ho- mero entrara de pronto Homero mismo redivivo, cantando en lenga moderna, lo echarían de allí á empellones por inoportuno.
No es esto, sin embargo, desdeñar la erudición,
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no. Carrillo dice una vez en su libro, hablando de la geografía, que es una demoledora de leyendas casi tan absurda como la filología. Pero es que la filología ha creado tantas ó más leyendas que ha tratado de destruir. Sucede como con todos los problemas: de la solución de uno cualquiera de ellos surgen nuevos. La filología nos ha dado una nueva antigüedad helénica, pero no menos legen- daria que la antigua. Y ¡qué suma de poesía no se ha puesto muchas veces en doctos comentos filo lógicos! Tanta cuanto ha podido poner, y no es poca, Carrillo en sus notas de viaje.
Y él, el mismo Carrillo, ha ido provisto de sus eruditos guías, de sabios comentaristas, ¿cómo no? y á través de ellos ha visto Grecia. A través de ellos y á través de su propio temperamento.
Esos comentaristas que, le han servido de guías son, y es natural, franceses los más, y así resulta que la Grecia de Carrillo está vista y sentida álas veces muy á la francesa, pero no menos también á la española otras veces, y muy á la española. Y siempre muy á lo Cárrillo. Cada cual ve donde- quiera que va aquello que más le preocupa, y pro- pende á no fijarse en lo que no le interesa.
Dejo para más adelante el discernir la parte de francesidad que haya en esta nueva obra de Ca- rrillo, y voy á lo otro, á lo personal.
Carrillo es un curioso, curioso como un griego; un hombre que recorre países y tierras á la busca de nuevas sensaciones, de visiones nuevas, de no- vedades, en fin. Y ésta fué siempre una pasión, una verdadera pasión de los griegos: la pasión del
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conocimiento , el ansia de saber. La hermosa, la hermosísima palabra «filosofía», amor del saber y no estrictamente sabiduría, sólo en Grecia pudo nacer. Leed los poemas homéricos, y allí veréis con qué complacencia se detienen los héroes á contar y oír contar historias. Recréanse con ello como con la comida. Parece como que el fin de la vida es para estos hombres hablar de ella y comen- tarla.
En el discurso — los héroes homéricos hablan en discurso todos — que Alcinoo, el rey de los feacios, dirige á su corte, luego que Ulises se delata al oir á Demódoco cantar las hazañas del caballo de madera por aquél ideado, dice que los dioses tra- man y cumplen la destrucción de los hombres para que los venideros tengan argumento de canto. Las calamidades, las guerras, las hazañas, todo ocurre para que de ello se hable. El fin de la acción es su conocimiento; pero su conocimiento poético. Pa- san siglos, muchos siglos, y al contarnos el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles la visita de San Pablo á Atenas, nos dice que los griegos pasaban el tiempo en hablar de la última novedad. ¿Y no es ésta acaso la labor de Carrillo, el contar- nos la última novedad, aunque esta novedad pa- rezca antigua? ¿No es con vertirlo en novedad todo y entretenernos de la vida y de la muerte, como se entretenían aquellos héroes homéricos?
Y esto, que podrá parecer á algún espíritu vul- gar y mentidamente serio algo fútil, algo superfi- cial, es, sin embargo, una de las cosas más pro- fundamente serias, porque puede ser una cosa
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profundamente apasionada. La pasión por el cono- cimiento era avasalladora entre los griegos.
Recordad la hermosa leyenda de las sirenas. « Es la mala sirena que atrae á los náufragos de la voluntad para envenenarlos con el perfume de su seno; es la diabólica divinidad de la lujuria y del engaño», dice el Remo de la Galaíea de Basilia- dis, de que Carrillo nos habla. Y sin embargo, las dos sirenas de la Odisea , las sirenas homéricas, no envenenan con el perfemu de su seno, no es la lujuria su aliciente. Las sirenas no le llaman á Uli- ses ofreciéndole deleite carnal, sino que le dicen: « Ven acá, famoso Ulises, gloria delosaqueos; de- tén la nave para oir nuestro relato. Nunca pasó nadie por aquí de largo en su negra nave sin ha- ber antes oído el dulce canto de nuestras bocas, recreándose con él y marchándose sabiendo más que sabía. Sabemos cuanto sufrieron los argivos y los troyanos en la ancha Troya por decreto de los dioses ; sabemos cuanto ocurre en la fecunda tie- rra. » Para un griego, para Ulises, la tentación era terrible; ¿cómo pasar de largo sin detenerse á oir cuanto ha sucedido en la tierra? Fué una de sus mayores proezas ésta de vencer la tentación del conocimiento, la curiosidad, la terrible curiosidad, que es la principal fuente del pecado.
Por curiosidad cayó Eva, por curiosidad más que por lascivia caen las más de sus hijas. La caí- da de nuestros primeros padres en el paraíso de la inocencia fué por probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Seréis como dioses, sa- bedores del bien y del mal — les dijo, tentándolos
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1 demonio.— Y por anhelo de saber, por ardien- te curiosidad, pecaron, cayendo en la «feliz cul- pa», según la llama la Iglesia misma en su liturgia.
Y esta ardiente curiosidad, este anhelo de ver, de oir, de saber cosas nuevas, de atesorar cuentos y leyendas, esto llevó á Carrillo á Grecia.
Y él, el cronista, el curioso, el amante de no- vedades, fué á dar en ese pueblo eternamente cu- rioso, perennemente joven, siempre charlatán. «Ser orador, parecer orador — nos dice Carrillo — , es más honroso que ser hijo de un general ilustre ó nieto de un héroe legendario». Toda la vida de Atenas — nos cuenta Carrillo que le decía un grie- go— está en el café, y toda nuestra energía mental se disipa en diálogos de café... La palabra entre nosotros es la más fuerte bebida, el opio más po- deroso, la morfina más alucinante.» De aquí, de este pueblo, salió el místico platonizante, que en el proemio al cuarto Evangelio escribió aquello de que en el principio era la palabra, el verbo, que estaba junto á Dios, y la palabra era Dios y por ella se hizo todo. ¡La palabra era Dios!
Los griegos son, según decía Stanley, retóricos y filósofos, no lógicos y juristas como los romanos; los griegos hicieron con retórica, con oratoria, dialogando libremente, en dialéctica, la filosofía, así como los romanos hicieron el derecho. Los griegos fueron los verdaderos filósofos, los verda- deros amantes del saber, amantes, mejor dicho, de la caza del saber. En los inmortales diálo- gos del divino Platón se siente el placer de perse- guir la verdad, más aún que el de sorprenderla; la
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inteligencia goza en la gimnasia de sus facultades. «Porque de lo que se trata no es — como nos dice Carrillo — de hallar la verdad, sino de correr tras ella para no alcanzarla nunca.»
¿No recordáis aquellas tan mentadas palabras de Lessing, el germano helenizante, uno de los tu- descos más empapados en el alma helénica? Decía: «Si Dios tuviera encerradas en su mano derecha toda la verdad y en la izquierda no más que el siempre vivo anhelo de la verdad, aunque con el añadido de errar por siempre y me dijese: ¡escoje!, caería yo humilde ante su izquierda, y le diría: ¡Pa- dre, dame esto!, la pura verdad no es más que para ti solo.» Era, sin duda, el temor de que la pura verdad le matase. Quien á Dios ve, se mue- re, dicen las Escrituras.
Esta pasión, esta desenfrenada pasión por la caza de la verdad, más aún que por la verdad misma; este loco amor de jugar la inteligencia, consumía á Sócrates. Aquello de «viejo pedante que todo lo razona y nada siente», que Carrillo nos cita, es una calumnia de Filadelo, como lo de «hombre-teoría» es otra calumnia de Nietzsche, que era maestro en ellas, pues se pasó la vida ca- lumniando. Calumnió á Sócrates, lo mismo que calumnió á Cristo, él, que quiso ser un Sócrates y un Cristo.
El griego fué siempre un curioso. Y tengo para mí que si Elena siguió á París, provocando la gue- rra de Troya, fué arrastrada, más que por Afrodi- ta, la diosa del deleite, por la misma Atena, la diosa del saber, de la curiosidad, así como de la
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prudencia. Cuando Ulises entró á hurtadillas, dis- frazado de mendigo, en Troya, á ejercer espionaje y maquinando sus tretas, Elena fué la única que le conoció. Revelóle el héroe sus propósitos bajo juramento que ella prestó de no revelarlos, y cuan- do metieron los aqueos el caballo de madera, ¿qué hizo Elena? ¿Qué iba á hacer? Ir verlo, á dar tres vueltas al derredor de él, llamando á los hé- roes, á comprometer el éxito de la treta. Y no más que por curiosidad.
¡Curiosidad, divina fuente del saber desintere- sado!, ¡madre de la filosofía! También el estómago, la necesidad de vivir, engendra ciencia; pero esta ciencia que brota del estómago es abogacía, no filosofía. La filosofía es saber por el saber mismo.
¿Y esto no satisface? No, no satisface.
Carrillo nos confiesa su desilusión ante la Aeró polis de Atenas. Recordando la famosísima oración ante la Acrópolis de aquel eterno curioso, que fué Renán, de aquel goloso de saber, escribe Carrillo un capítulo, el último de su obra, que se titula así: «La oración en el Acrópolis». Y allí nos cuenta su desilusión.
«Aun las almas románticas, en efecto — dice Ca- rrillo— , sienten al encontrarse en presencia de la diosa ateniense una infinita inquietud y un infinito malestar. ¿Es esto?, parecen preguntar. ¿Es esto nada más?» Y yo digo: las almas románticas, las almas apasionadas, más aún que las otras. Y nos cuenta Carrillo la frialdad de Chateaubriand, de Lamartine, de Gautier ante la Acrópolis.
«Entre el Acrópolis y nosotros, en efecto — aña-
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de Carrillo—, hay muchos siglos y muchas ideas.» Lo que hay entre la Acrópolis y nosotros es el cris- tianismo, la terrible verdad del cristianismo, la desesperación resignada del cristianismo. Entre nosotros y la Razón helénica está la Cruz, la subli- me locura de la Cruz.
A esa Atena, á esa Razón, «nadie la ve de re- pente— dice Carrillo, añadiendo: — . La cordura no surge cual una aparición. Suavemente, paso ápaso, sin prisas, sin sobresaltos, va acercándose. El hom- bre la ve venir, y duda, y no la reconoce. ¿Una divinidad esa dama altiva que no se esconde entre velos y agita palmas enigmáticas? Más bien parece una estatua anima-la. Pero poco á poco la estatua se trueca en imagen. Y la imagen continúa su ca mino tranquila hasta que, después de mucho tiem- po, mucho tiempo, pone en nuestra frente su dedo niveo, y nos sonríe, Entonces volvemos la vista atrás. El Acrópolis aparece de nuevo ante nues- tros ojos llenos de luz. Una magnífica apoteosis alumbra el templo blanco. De nuestros labios, al fin, brota la oración definitiva. »
¿Muy sereno, no es así? Muy gracioso. Y, sin embargo, no ; esa oración no nos brota del corazón mismo. La cordura surge cuando vamos á morir; la cordura es la muerte. Nuestro Señor Don Qui- jote se volvió cuerdo para morir. El. caballero de la Fe, si hubiera llegado al Acrópolis, habría en- trado lanza en ristre á desencantar á la pobre Ate- na, allí presa del número, la proporción, el ritmo y la medida.
¡Atena, Minerva, la de los ojos de lechuza! Pe-
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netra, sí, con su mirada en lo oscuro; pero no llega á las entrañas de las cosas, donde se asienta el misterio. La razón no llega al misterio. La ra- zón es inhumana.
Llevo veinticuatro años ya en trato con los anti- guos genios de la Grecia, oyendo la voz de su sa- biduría; llevo más de veinte explicándolos en la cátedra. Me aquietan, me serenan, me apaciguan; cada vez creo comprenderlos mejor, pero no me satisfacen. Y lo que en ellos más me gusta es la inquietud, la eterna inquietud que á cada paso no pueden menos que dejar descubrir. Al fin eran hombres. Y así que llegó el Cristo y se bautizaron, brotó su más íntima naturaleza.
No es verdad que no tuvieran «vanos temores (¿vanos? ¿por qué vanos?) de tenebroso más allá»; no es verdad que aceptaran «la idea divina sin vanas angustias».
«Entre todos los pueblos del mundo, este es el menos místico » — escribe Carrillo. Y el misticismo cristiano nació en Grecia, no en Palestina; el mis- ticismo cristiano procede de Platón más que del Evangelio. ¿Qué, no es místico el pueblo de Ploti- no, de Porfirio, de Proclo, de Jámblico, de San Clemente, de Orígenes, de tantos otros? Me dirán que muchos de éstos no eran griegos aunque en griego escribían. De esto habría mucho que hablar.
Hay algo en que me parece que Carrillo ha pe- netrado menos que en lo demás, y es tal vez por no interesarle gran cosa, y es en lo que á la reli- giosidad helénica se refiere Y, sin embargo, la teología católica es casi toda ella de origen grie-
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go. Precisamente cuando me puse á leer la Grecia de Carrillo acababa la lectura de las lecciones de Penrhyri Stanley sobre la Iglesia ortodoxa. Si Ca- rrillo se hubiese alguna vez interesado por proble- mas teológicos, habría visto en Grecia, de seguro, muchas cosas que no vió.
Hay en el libro que me sugiere estas líneas un capítulo titulado « El alma pagana», que merece especial comento. Es tanto lo que se habla de pa- ganismo y de alma pagana, que conviene detener- se un poco de cuando en cuando á esclarecerlo en lo posible. Carrillo no cae en los errores y preci- pitaciones de otros, no; y por eso, por ser lo suyo más comedido, más razonable, más sereno que cuanto de ordinario dicen los paganizantes, por eso merece comentarlo.
Pero esto merece especial atención y más espe- cial tratado. Bueno será, pues, dejarlo. Pero an- tes de cerrar estas líneas, quiero decir que para mí, un libro que me sugiere reflexiones, así sean contrarias á las del autor de él, es un libro bueno, y cuantas más reflexiones me sugiera es el libro mejor. Y Carrillo con su Grecia me ha hecho via- jar, no tan sólo por Grecia misma, lo que vale mu- cho, sino por mis propios reinos interiores, lo que vale mucho más.
JOSÉ ASUNCIÓN SILVA
Alguna otra vez he hecho notar desde estas mismas columnas, el hecho de que mientras los americanos todos se quejan, y con razón, de lo poco y lo mal que se les conoce en Europa y de las confusiones y prejuicios que respecto á ellos por aquí reinan, se da el caso de que no se conoz- can mucho mejor los unos á los otros y abriguen entre sí no pocas confusiones y prejuicios.
Lo vasto de la América y la pobreza y dificul- tad de sus medios de comunicación contribuye á ello, ya que Méjico, v. gr., está más cerca de Es- paña ó de Inglaterra ó Francia que de la Argen- tina.
Me refería hace poco un escritor argentino, Ri- cardo Rojas, que de los ejemplares que remitió de una de sus obras desde Buenos Aires á lugares de las «tierras calientes», apenas si llegó alguno á su destino.
Por otra parte, el sentimiento colectivo de la América como de una unidad de porvenir y frente al V iejo Mundo europeo, no es aún más que un sentimiento en cierta manera erudito y en vías de
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costosa formación. Hubo, sí, un momento en la his- toria en que toda la América española, por lo me- nos toda Sur América, pareció conmoverse y vivir en comunidad de visión y de sentido, y fué cuan- do se dieron la mano Bolívar y San Martín en las vísperas de Ayacucho; pero pasado aquel momen- to épico, y una vez que cada nación suramericana queda á merced de los caudillos, volvieron á un mutuo aislamiento, tal vez no menor que el de los tiempos de la colonia.
En ciertos respectos sigue todavía siendo Euro- pa el lazo de unión entre los pueblos americanos, y el panamericanismo, si es que en realidad exis- te, es un ideal concebido á la europea, como otros tantos ideales que pasan por americanos.
Todo esto se me ocurre á propósito de la recien- te publicación en un volumen de las Poesías del bogotano José Asunción Silva, que acaba de edi- tarse en Barcelona.
Apenas habrá lector de estas líneas, con tal de ser algo versado en literatura americana contem- poránea, que no haya leído alguna vez alguna de las poesías de Silva que andaban desparramadas y perdidas por antologías y revistas. Hasta hay al- guna, como el Nocturno, que ha llegado á hacer- se femosa en ciertos círculos.
Si hablamos de eso que se ha llamado modernis- mo en literatura, y respecto á lo cual declaro que cada vez estoy más á oscuras acerca de lo que sea, preciso es confesar que de Silva, más que de ningún otro poeta, cabe aquí decir aquello de que fué quien nos trajo las gallinas. Se ha tomado de
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él, más acaso que de otro alguno, no tan sólo to- nalidades, sino artificios, no siempre imitables.
Silva se suicidó en su ciudad natal, Bogotá, el 24 de Mayo de 1896, á los treinta y cinco años y medio, sin que hayamos podido averiguar los mó- viles de tan funesta resolución. Aunque leyendo sus poesías se adivina la causa íntima, no ya los motivos del suicidio. Pues sabido es con cuanta frecuencia los motivos aparentes á que se cree obedece una determinación grave, y á los que la atribuyen los mismos que la toman, no son sino los pretextos de que se vale la voluntad para reali- zar su propósito. La voluntad, en efecto, busca motivos. Y hay voluntad suicida, voluntad reñida con la vida. O que tal vez huye de esta vida por amor á una vida más intensa.
Leyendo las obras de los escritores suicidas se descubre casi siempre en ellas la íntima razón del suicidio. Tal sucede entre nosotros con Larra, en Francia con Nerval y en Portugal con Antero. Y tal sucede con Silva.
A Silva, de quien no cabe decir que fuese un poeta metafísico, ni mucho menos, le acongojó el tormento de la que se ha llamado la congoja me- tafísica, y le atormentó, como ha atormentado á todos los más grandes poetas, cuyas dos fuentes caudales de inspiración, han sido el amor y la muerte, de los que Leopardi dijo que
Fratelli a un tempo stesso amore e morte ingenero la sorte.
La obsesión del más allá de la tumba; el miste-
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I
rio detrás de la muerte, pesó sobre el alma de Sil- va, y pesó sobre ella con un cierto carácter infan- til y primitivo. No fué, creo, ese peso resultado de una larga y paciente investigación; no fué conse- cuencia del desaliento filosófico, sino que fué algo primitivo y genial. La actitud de Silva me parece la de un niño cuando por fin descubre que nace- mos para morir.
«Al dejar la prisión que las encierra ¿qué encontrarán las almas?»
se preguntó el poeta, pero se lo preguntó como un niño.
Un ambiente de niñez, en efecto, se respira en las poesías de Silva, y las más inspiradas de ellas son á recuerdos de la infancia, ó mejor dicho, es á la presencia de la infancia, á lo que su inspiración deben. Basta leer las cuatro composiciones que en ésta, la primera edición de sus Poesías completas, figuran bajo el título común de «Infancia».
Tal vez se cortó Silva por propia mano el hilo de la vida por no poder seguir siendo niño en ella, porque el mundo le rompía con brutalidades el sueño poético de la infancia. Y aquí cabe recordar aquellas palabras de Leopardi en uno de sus can- tos: ¿Qué vamos á hacer ahora en que se ha despo jado á toda cosa de su verdura?
Cuando Silva, saliendo de la niñez fisiológica, pero siempre niño de alma, como lo es todo poeta verdadero se encontró en el duro ámbito de un mundo de combate, y presa debió de sentirse su alma delicadísima, como se encontraría un Adán
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al verse arrojado del Paraíso. Fuera del Paraíso y á la vez con la inocencia perdida,
Y esa angustia metafísica se expresa en los ver- sos de Silva del modo más ingenuo, más sencillo, más infantil y hasta balbuciente, no con las frases aceradas con que se manifiesta en los esquinosos sonetos de Antero de Quental, llenos de fórmulas que acusan la lectura de obras filosóficas.
No digo que Silva careciera de cultura, antes más bien se ve claro en sus poesías que era un es- píritu cultísimo; pero dudo mucho de que su inte- ligencia se hubiese amaestrado en una rígida disci- plina mental. Sus estudios universitarios, nos dice Gómez Jaime que fueron breves y luego parece se dió á leer por su cuenta, y sospecho que más que otra cosa, literatura, y literatura francesa. No pa- rece, sin embargo, que careciese de un cierto bar- niz de cultura filosófica, y tengo motivos para su- poner que había leído á Taine, por lo menos, y algo de Schopenhauer, á quien cita en una de sus composiciones llamándole su maestro.
Y no digo que Schopenhauer le suicidase ó con- tribuyera á hacerlo, porque estoy convencido de que no son los escritores pesimistas y desesperan- zados los que entristecen y amargan á almas como la de Silva, sino que más bien son las almas des- esperanzadas y tristes las que buscan alimento en tales escritores.
En la poesía titulada «El mal del siglo», es Silva mismo quien nos habla del desaliento de la vida que nacía y se arraigaba en lo íntimo de él, del mal del siglo; el mismo mal de Werther, de Rolla, de
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Manfredo, de Leopardi, «un cansancio de todo, un absoluto desprecio por lo humano, un incesante renegar de lo vil de la existencia.,, un malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis. Y á esto le responde el médico:
«Eso es cuestión de régimen; camine de maña- nita; duerma largo; báñese; beba bien; coma bien; cuídese mucho; ;lo que usted tiene es hambre!»
Y hambre era, en efecto; hambre de eternidad. Hambre de eternidad, de vida inacabable, de más vida, que es lo que á tantos los ha llevado á la des- esperación y hasta al suicidio.
Porque es cosa curiosa el observar que es á los más enamorados de la vida, á los que la quieren inacabable, á los que se acusa de odiadores de la vida. Por amor á la vida, por desenfrenado amor á ella, puede un hombre retirarse al desierto á vi vir vida pasajera de penitencia en vista de la con- secución de la gloria eterna, de la verdadera vida perdurable, y por hastío de la vida, por odio á ella, se lanza más de uno á una existencia de placeres. Podrá estar equivocado el anacoreta, y ó no existir para nosotros vida alguna después de la muerte corporal, ó aun en caso de que exista, no ser el camino que él toma el mejor para conseguirla fe- liz, pero acusarle de odiador de la vida, no es más que una simpleza.
El paganismo, el hoy tan decantado paganismo por los que hacen profesión de anticristianos, vino en sus postrimerías á dar en un hastío y desencan- to de la vida, en un tétrico pesimismo. Pocas co- sas hay más sombrías que el crepúsculo del paga-
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nismo. Y si la religión de Cristo prendió, arraigó y se extendió tan pronto, fué porque predicaba el amor á la vida, el verdadero amor á la verdadera vida y la esperanza de la resurrección final. Más agudo y perspicaz era Schopenhauer al combatir el cristianismo por optimista, que aquellos espíritus ligeros que le acusan de haber entenebrecido la vida. La esperanza de resurrección final fué el más poderoso resorte de acción humana, y Cristo el más grande creador de energías.
Ese amor á la vida, mamado por Silva en el apa- cible remanso de Bogotá, en aquella encantada Colombia, la de los días iguales y la perenne pri- mavera, la de las costumbres arraigadas; ese amor debió de padecer sobresaltos, merced al sosiego mismo y á las brisas heladas que desde Europa le llegaban.
Hay una circunstancia además que nos explica el que se exacerbara su tristeza ingénita, y es que un año antes de haberse despojado voluntariamen- te de la vida, en el naufragio de UAmerique, ocu- rrido en las costas de Colombia en 1895, se perdie- ron los más de los escritos de Silva, tanto en verso como en prosa. Se puede, pues, decir que el libro ahora editado es el resto de un naufragio. Y es menester haber pasado años vertiendo al papel lo mejor de la propia alma para comprender lo que haya de afectarle á uno al verse de pronto sin ello.
Hay un fragmento en prosa de Silva, el titulado «De sobremesa», que nos hace sospechar si acaso no presintió á la locura y para huir de ella se quitó la vida. Concluye así:
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«¿Loco?... ¿y por qué no? Así murió Baudelaire, el más grande para los verdaderos letrados de los poetas de los últimos cincuenta años; así murió Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espí- ritu la noche y reclamando sus ideas... ¿Por qué no has de ~ orir así, pobre degenerado, que abusaste de todo, que soñaste con dominar el arte, con po- seer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas las copas en que brinda la vida las embriagueces supremas?»
En este párrafo hay, entre otras cosas significa- tivas, una que lo es mucho, cual es la de llamar á Baudelaire el más grande, «para los verdaderos letrados», de los poetas de los últimos cincuenta años, cuando en esos años hubo en Francia otros poetas á quienes suele ponerse por encima de Baudelaire. Y digo en Francia, porque de los poe- tas de otros países, ingleses, italianos, alemanes, escandinavos, rusos, etc., no era cosa de pedir á Silva, dado el ambiente americano de su tiempo, un regular conocimiento. Es muy fácil que de Browning ó de Walt Whitman, pongo por caso, no conociera ni el nombre —no andaban, ni anda aún más que en parte uno de ellos, traducido al fran- cés— y de Carducci acaso poco más que el nombre.
Y fué lástima. Porque es seguro que de haber- los conocido, de haberse familiarizado algo con la maravillosa poesía lírica inglesa del pasado siglo — tan superior en conjunto á la lírica francesa, en el fondo lógica, sensual y fría — habría encontrado otros tonos. ¿Qué no le hubieran dicho á Silva Cowper, Burns, Wordsworth, Shelley, lord By-
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ren — á éste lo conocería — Tennyson, Swinburne, Longfellow, Browning, Isabel Barret Browning, Cristina Rossetti, Thomson (el del pasado siglo, no el otro), Keats, y en general, todo el espléndido coro lírico de la poesía inglesa del siglo xix? Es muy fácil que le hubieran levantado el ánimo tan to como Baudelaire se lo deprimió y abatió . ¡Pobre Silva!
LA IMAGINACIÓN EN COCHABAMBA
Hoy vuelvo al precioso libro Pueblo enfermo , del boliviano Alcides Arguedas. Ya os dije que e>te libro, rico en instrucciones y en sugestiones, había de darme pie para más de una de estas con- versaciones, que no otra cosa son estas mis co- rrespondencias.
En el capítulo III de su obra, capítulo que se ti- tula Psicología regional, nos dice el señor Argue- das, hablando del pueblo cochabambino, que lo que se observa en él, «desde el primer momento en que se le estudia, es un desborde imaginativo amplio, fecundo en ilusiones, ó mejor, en visiones de ca- rácter sentimental». Es esta afirmación de ser los cochabambinos imaginativos, la que voy á estu- diar y á rectificar con datos que el mismo señor Arguedas ha de proporcionarnos.
Necesito, ante todo, establecer un principio, y es el de que, generalmente, se confunde la imagina- ción con la facundia, con la memoria, ó con la vivacidad de expresión. Imaginación es la facul- tad de crear imágenes, de crearlas, no de imitar- las ó repetirlas, é imaginación es, en general, la
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facultad de representarse vivamente, y como si fuese real, lo que no lo es, y de ponerse en el caso de otro y ver las cosas como él las vería. Y así re- sulta que llaman imaginativos á los individuos y á los pueblos que menos lo son.
Aquí, en España, pongo por caso, es corriente oir decir que los andaluces tienen mucha imagina- ción, y, sin embargo, todos os cuentan los mismos cuentos y chascarrillos, y de la misma manera, y ?Á les quitáis el gesto, la mímica, el acento, apenas os queda cosa de sustancia imaginativa. Sus poe- tas, pareciéndose en esto á los arábigos, están dándoles vueltas siempre á las mismas metáforas, las del acervo común.
Hay quien dice que Zorrilla era un poeta de po derosa imaginación, y yo os invito á que lo leáis todo entero, si es que tenéis paciencia para tanto, y veáis cuántas imágenes creó aquel hombre en tantas estrofas, y tan hojarascosas y palabreras, como compuso en su vida. Sus metáforas son, por lo común, las del común acervo.
Es más aún, y es que en este pueblo que se ciee imaginativo, porque es redundante y palabrero, la imaginación cansa y molesta. Difícilmente se resiste el más genuino producto de la imaginación; la paradoja. La monotonía y la ramplonería en el pensar son aplastantes.
Y ahora volvamos á Cochabamba, ya que esta remota ciudad boliviana me parece para el caso una ejemplificación de la América española.
Porque también los hispano-americanos presu- men de imaginativos, á mi parecer, sin gran fun-
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damento. Son, en general, como nosotros los es- pañoles, más palabreros que imaginativos.
Dice Arguedas que los cochabambinos aman la música de fácil comprensión, «de giros suaves, la crimosos», es decir, añado yo, la que exige menor esfuerzo imaginativo, menos colaboración activa del que oye. Luego habla de pueblos de «imagina ción seca, meditativos y observadores». ¡Aquí está el punto! ¡Imaginación seca! ¡Seca! Siendo seca, muy seca, puede ser mucho más imaginación que la mojada, que la hojarascosa. Lo seco no se opone á lo imaginativo. Seca y ardiente es la imagina- , ción robusta y no húmeda y fría. La poesía seca, escueta, sobria, concentrada, exige mayor esfuer- zo de imaginación que no la húmeda, ampulosa y exuberante. ¡Pueblos meditativos y observado res!... Meditar es cosa de imaginación y observar también. Los pueblos que no saben recogerse á meditar y expansionarse á observar, es por falta de imaginación, no por sobra de ella.
En Cachabamba más que en ningún otro pueblo se observa la intemperancia religiosa , nos dice el señor Arguedas, añadiendo: «Las masas, entera- mente devotas, no consienten ni aceptan ninguna creencia fuera de la suya; adoran sus dogmas con enérgico apasionamiento y les parece que consin- tiendo la exterionzación de otros ofenderían gra- vemente su divinidad. Son fáciles á exaltarse en- frente de los disidentes y los indiferentes. Aun las elevadas clases sociales son intolerantes.» ¿Y esto que es sino pobreza imaginativa? ¿De dónde si no de falta de imaginación proviene la intolerancia?
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El intolerante lo es no porque se imagine con gran vigor sus propias creencias, no porque se las ima- gine con tanto relieve que excluyanlas demás, sino por ser incapaz de ponerse en la situación de los otros y ver las cosas como ellos las verían. El po- deroso dramaturgo siente con igual fuerza las si- tuaciones más opuestas; el autor de un diálogo polémico ahora opina esto y luego lo contrario. Los más grandes imaginativos son los que han sa- bido ver el fondo de verdad que hay en las más opuestas ideas. Los dogmáticos lo son por pobreza imaginativa. La riqueza imaginativa le lleva al hombre á contradecirse á los ojos de los' pobres en imaginación.
Luego el autor nos habla de los jóvenes cocha- bambinos «cuya especialidad consiste en el apren- dizaje casi memorial de las disposiciones de los códigos» jóvenes que «hablan siempre con absolu- ta segundad de lo que dicen », jóvenes «aficiona- dos á evocar épocas remotas, citar nombres de héroes griegos ó romanos y narrar con sus detalles los culminantes episodios de la revolución fran- cesa». Y todo esto ¿qué es sino pobreza imagina- tiva? Pobreza imaginativa es aprenderse códigos de memoria, y obra también de memoria, y no de imaginación, es evocar nombres y fechas glo- riosas.
«Además, en Cochabamba — sigue diciéndonos Arguedas — por su situación aislada, poco cambian las costumbres, y no se renuevan casi nunca.» ¿Para qué les sirve entonces la imaginación? «Los hombres crecen y se desarrollan bajo una modali-
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dad uniforme, y para ellos es casi un crimen rom- per, de hecho, con lo tradicional...» Es decir, falta de imaginación. Y á falta de imaginación, y no á otra cosa que á falta ó pobreza de ella hay que atribuir el que el cochabambino « no conciba otro cielo mejor, otro clima más bondadoso, otros aires más puros, que el cielo, el clima y los aires de Cochabamba». No es en rigor que no lo conciba; es que no se lo imagina. Y no se lo imagina por falta de imaginación, que no por sobra de ella. Los pueblos que se creen los mejores suelen serpueblos inimaginativos.
«Cochabamba es pueblo esencialmente medi- terráneo: procede de la raza quechua, raza soñado- ra, tímida, profundamente moral, poco ó nada em- prendedora...» ¿Soñadora? ¿Qué quiere decir eso de soñadora? ¿La raza quechua es que soñaba ó que dormía? Y además, hay muchas maneras de soñar y hay pueblos, pueblos imaginativos que se pasan la vida soñando, pero siempre el mismo sueño y de la misma manera. Para el imaginativo la vida es sueño y es para él la vida sueño porque el sueño es vida, porque sus sueños tienen realidad de cosas vivientes. El imaginativo sueña, reproduce, re- construye, hace propio lo mismo que ve y es em- prendedor. Un hombre de negocios emprendedor sueña los negocios, y en cambio no puede decirse que sueña el que se tiende sobre la hamaca á fu- mar pensando en los ojos de su novia. No hay nada más pobre, desde el punto de vista de la imagina ción, que la poesía erótica.
Nos dice luego el autor hablándonos no ya de
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Cochachamba, sino de Chuquisaca que «un joven chuquisaqueño sabe cuando está bien hecha la raya de su pantalón, y para él es cosa grave y transcendental el saber partir en dos, matemáti- camente, su cabellera». Y esto no es tampoco más que falta de imaginación.
Al final del capítulo dice el autor: « Todo lo de aspecto pomposo, sinuoso, festoneado, enguirnal- dado, bonito, fácil de comprender, nos seduce y entusiasma. En arquitectura, lo rococó; en músi- ca, la melodía sentimental; en pintura, los paisa- jes ó escenas de caza ó guerra, si no el desnudo; en escultura, de igual modo, el desnudo, pero no el clásico, sereno y púdico. La simplicidad de rasgos ó de líneas, jamás nos dice nada. En medio de esta civilización europea, permanecemos impa- sibles por falta de comprensión, y sólo sentimos entusiasmo por esas brillantes exterioridades que se ofrecen á la sensualidad y son comprensibles sólo en su grosera apariencia, y aun esto por poco tiempo, pues despierta en nosotros el espíritu tar tarinesco, y... ¡adiós entusiasmo! ¡adiós admira- ción! permanecemos irreductibles firmemente con- vencidos de que por acá podrá haber todo menos un «cielo» como aquél, un «aire» tan puro, ni «bosques» tan frondosos, ni «aves» tan pintadas, ni «ríos» tan caudalosos, ni «montañas» tan ele- vadas.»
Acabé de leer esto, y me dije: ¿Pero es que esto se escribe sólo en Bolivia? Y luego me fijé en aquello de que buscan lo «fácil de comprender» y más adelante. en lo de permanecer impasibles por
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«falta de comprensión». Yo pondría lo «fácil de imaginar» y «falta de imaginación». Es falta de imaginación, en efecto, lo que hace que uno per- manezca impasible ante los exquisitos tesoros ar- tísticos en que ha cuajado la historia y delante de un templo románico no piense sino en la incomodi- dad del empedrado.
En el capítulo V y bajo el título de «Una de las enfermedades nacionales» — ¿de Bolivia sólo? — trata el autor de la megalomanía, é inserta frag- mentos de un folleto titulado La Palabra, que en 1906 publicó un candidato á diputado por la ciudad de la Paz. «Hombre torrente» le llama el autor, y este hombre torrente, palabrero y altisonante, re- vela la mayor pobreza imaginativa. Todo eso de que la voz del pueblo es como el rugido de los leones en el desierto, y que si se encoleriza brama en grandes oleajes que se levantan rugiendo espi- rales tremendas y caen mugiendo en las rocas de los mares, todo lo de la caverna de Eolo, donde se oye el rugir vertiginoso de los grandes huraca- nes», todo eso [se ha dicho miles de veces, todo eso es una mera repetición de los decrépitos luga- res comunes que vienen hace siglos rodando de pluma en pluma y de boca en boca, todo eso ar- guye pobreza imaginativa. La poderosa imagina- ción es sobria, ceñida, precisa.
«La oratoria es preocupación general — añade Arguedas, — se ha visto que la palabra eleva y da prestigio; hoy son oradores todos. Faltan ideas, pero desborda el verbo.» Y si faltan ideas y des- borda el verbo, es porque falta imaginación, de
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de donde las ideas brotan3 y sobra memoria, don- de las palabras se almacenan.
En otro pasaje dice el Sr. Arguedas de sus pai- sanos, que son ágiles de cerebro. Y yo pregunto: ¿Agiles de cerebro ó ágiles de lengua? Porque la agilidad de cerebro no se compadece con el apego á la rutina que, según el mismo autor, les carac- teriza.
No; en esto de la imaginación reinan grandes confusiones. Se toma por imaginación lo que no es sino facundia y una perniciosa facilidad de ha- blar ó de escribir. La afluencia de palabra no su- pone imaginación. Ahí, en esa América española, como aquí, en muchas regiones de esta nuestra España, apenas hay á cierta edad joven que no haya perpetrado algunas rimas á su novia, á su madre ó á unos supuestos primeros desengaños; pero eso no arguye imaginación , eso no arguye más que una funestísima facilidad para rimar pa- labras con todos los lugares comunes de la entre nosotros llamada poesía. No creo que haya una tal facilidad entre los jóvenes ingleses, y sin em bargo, es dudoso que haya una poesía lírica más verdaderamente poética, más exquisita, más ima- ginativa, más verdaderamente imaginativa que la poesía lírica inglesa, que la poesía lírica de ese pueblo al que muchos de nuestros papanatas tie- nen por poco imaginativo. Para descubrir las leyes de Newton, para inventar la máquina de vapor ó el telar mecánico hace falta enormemente más imaginación — imaginación, así como suena, imagi- nación y no sólo ciencia ni paciencia — que para
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escribir las oquedades fonográficas del folleto La Palabra. Si no tenemos ni filosofía ni ciencia pro- pias, es por no tener imaginación suficiente para hacerlas, y por esta insuficiencia imaginativa es tan hueca, tan vacíamente sonora, tan vulgar, tan monótona, nuestra literatura de lugares comunes.
No es sólo en Cochabamba, en casi toda la Amé rica española, en casi toda España se dice que tie- ne mucha imaginación un caballero que se sabe todos los más retumbantes y los más floridos — con flor de trapo — lugares comunes retóricos y los zurce con gran facilidad en un momento dado. Pero cuando surge algo verdadera y hondamente imaginativo, algo que nos obliga á detenernos para imaginarlo, casi todos estamos pronto á deni- grarlo como extravagancia ó paradoja.
No, ni el verboso y rimbombante es imaginati- vo, ni el vivo, el listo, es inteligente. Hay que temer á los hombres de comprensión rápida; los que parecen comprender algo pronto, lo compren den casi siempre mal. Entre nosotros, y creo que ahí más aún, sustituye á la sana comprensión, á la que se funda en simpatía humana, una cierta malicia. Somos pueblos maliciosos, recelosos, pro pensos á la burla, siempre con miedo de que se nos tome de primos, siempre temiendo una embos- cada ó un engaño. Nuestra preocupación ante un desconocido es buscarle el flaco. Y luego el em- peño de no admirarnos. El admirarse es cosa de patanes.
¿Que viene acá X., una celebridad allá en su tierra? Vamos á oirle, es decir, vamos á verle. Lo
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mismo da que sea un gran químico que un gran ñlósoío, que un literato, que un tenor, que una bailarina, que un trapecista; lo que importa es po- der decir que se ha visto al oso blanco. Y ver si es rubio ó moreno y si viste mejor ó peor, y cómo lleva la corbata, y qué tal acciona, y qué tal voz tiene. ¿Lo que dice?, y eso, ¿á quién le importa? A lo sumo como lo diga. Pero sobre todo y ante todo poder decir que le hemos tenido aquí, contratado, al famoso «divo», sea de la ciencia, sea del arte, sea de la religión. Y luego, en el fondo, no hay que admirarse. Eso de admirarse es cosa de pobres provincianos. El que tiene que admirarse es él, el «divo», de que le hayamos traído y le hayamos escuchado y le hayamos aplaudido. Y que no se crea que nos sorprende. No, no hay que dejarse sorprender; el dejarse sorprender es cosa de inge- nuos, y la ingenuidad...
A nada hay más miedo entre nosotros; á nada hay más miedo entre vosotros que á pecar de in- genuo. Desde niños nos educan á ser maliciosos, á ser suspicaces. Y pasa por más vivo, por más listo, el más suspicaz y más malicioso. Se admira un ar- tículo felino, reticente, en que el autor procuró reventar á alguien con las más corteses formas. Esa indecente y repugnante costumbre de lo que aquí llamamos tomar el pelo, del choteo, del maca- neo ó como queráis llamarlo — todo lo indecoroso tiene muchos nombres — esa costumbre es un es- tigma.
Un muchacho que había pasado tres años en un colegio inglés venía maravillado de la ingenuidad,
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de la simplicidad de los muchachos ingleses. Son de lo más infantiles — me decía; — cada uno de nosotros á los doce años les damos cien vueltas: no sospechan que se les esté tomando el pelo; lo creen todo; les falta malicia. Y al oir á este joven espa- ñol estas cosas, pensé en esa poderosa é íntima lírica inglesa, tal vez el más rico tesoro de imagi- nación de los tiempos modernos.
Hay que desacreditar esa imaginación que se- gún el señor Arguedas distingue á los cochamba- binos y hay que repetir una y mil veces que eso no es imaginación; hay que desacreditar esa viveza de nuestros vivos y de vuestros vivos, esa viveza hija de malicia y que florece en burlas y en tomaduras de pelo. La verdadera imaginación es seria y gra- ve; la más honda inteligencia desconoce las burlas hábiles y las habilidades felinas. Esa torpe viveza, hija del recelo y de la invidia, es productora de mala fe, de donde fluyen las perfidias. Y no quie- ro aquí recordar las terribles palabras de Bolívar, que el Sr. Arguedas estampa al principio del ca- pitulo IX de su obra.
Ahora quiero hablaros de otro vicio de que el autor del libro Pueblo enfermo nos habla varias veces, de otro vicio que no deja de tener íntimas afinidades con esa viveza maliciosa, de un vicio de que habló terriblemente en Chile, Lastarria, de un vicio que carcome á los pueblos habladores é imaginativos. Me refiero á la envidia, á la terrible envidia, compañera inseparable de la vanidad.
DE CEPA CRIOLLA
Cuando me disponía á ordenar las notas que so bre la religión y la religiosidad griegas íuí forman- do mientras leía la tan sugestiva «Grecia» de Gó- mez Carrillo, hete aquí que viene á dar en mis manos el libro de Martiniano Leguizamón que lleva por título el mismo que esta corresponden- cia: «De cepa criolla».
Hace años que conozco á Leguizamón como es- critor y cuando publicaba en La Lectura de Ma- drid notas bibliográfico-críticas sobre libros hispa- noamericanos publiqué alguna sobré algunos de sus libros.
Una circunstancia especialísima hizo que me fijase en él, y fué su apellido. Este apellido Legui zamón, que creo recordar es también el de un gaucho famoso que figura ó en Ja historia de Juan Moreira ó en otra análoga — pues escribo esto sin tener los libros delante — es uno de los apellidos más genuinos de mi tierra vasca. Los Leguizamón figuran entre los más célebres banderizos que en- sangrentaron con sus luchas fratricidas á Vizcaya allá en las postrimerías de la Edad Media, y aun
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hoy día quedan restos de la antigua casa-torre de los Leguizamón á orillas del río Nervión ó Ibaiza- bal, el que atraviesa Bilbao, y no lejos de ésta, mi villa nativa. Y es por cierto el rincón solariego de los Leguizamón uno de los más apacibles y más recogidos rincones de que en los alrededores de Bilbao puede gozarse.
Este atractivo de su nombre me ha hecho leer los libros de Martiniano Leguizanión, y la lectura de ellos me ha movido á leer este nuevo. Y ade- más, lo mucho que me interesa eso que llaman criollismo.
En las breves y algo dispersas notas que van á seguir he de recalcar forzosamente sobre concep- tos que antes de ahora he expuesto en estas mis- mas columnas; pero soy de los que creen que la repetición es lo único eficaz en la vida, ya que la vida misma no es sino repetición.
Si bien se mira, se observará que los escritores y pensadores que más profunda traza han dejado sobre el espíritu humano han sido, por lo general, hombres de muy pocas, pero muy hondas y arrai- gadas ideas, y que sus obras giran en derredor de unos cuantos, muy pocos, conceptos fundamenta- les, aunque conceptos muy comprensivos. Y por algo enseñaba Santo Tomás que según se asciende en la escala de las inteligencias se comprende el universo con menos ideas hasta llegar á Dios que lo ve en una sola, la de sí mismo.
Me he propuesto, pues, siempre reducir mis con- cepciones á unas pocas ideasy de aquí el que tienda á una cierta monotonía y repetición de conceptos.
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Y dejando todo esto voy á ir pasando en revista algunas de las afirmaciones de Leguizamón, en su libro de cepa criolla.
Hablando del lenguaje de Hidalgo nos dice Le- guizamón (pág. 12) que aunque el tal lenguaje no es nuevo ni original por derivar del antiguo ro- mance castellano, no puede negarse que el asunto regional ya le da una fisonomía distinta y que la adopción de modismos del país — en que el guara ni, el quichua y el araucano contribuyeron con gran aporte de voces nuevas — ha concluido por marcar diferencias entre el lenguaje popular en la madre patria y el del criollo ríoplatense. Y en la página siguiente añade que «como eran diametral - mente diversas las tendencias del criollo y del peninsular, no podía ser idéntico su lenguaje».
¿Diametralmente diversas? ¿Pero es que acaso Leguizamón conoce bien al campesino peninsular? ¿Es que ha estado alguna vez en España — y no sólo en Madrid — y ha estudiado el pueblo de que pro- cede el pueblo criollo? Pues yo le digo que quien quiera encontrar en la literatura criolla algo pro- fundo y netamente español debe ir á buscarlo, como yo lo he hecho, en Hidalgo mismo, en Asca- subi, en Estanislao del Campo, en José Hernán- dez. Todo ello es profunda é intensamente espa- ñol, incluso el lenguaje. Como dije en un estudio que hace ya años dediqué al «Martín Fierro», pa- rece que al encontrarse los españoles ahí en con- diciones sociales y de lucha análogas á las que aquí produjeron nuestros viejos romances, el alma del romancero resucitó.
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Cierto es que el mismo Leguizamón llama poco antes á la guitarra «guitarra nacional» y llamarle en la Argentina nacional á la guitarra es un des- ahogo del mismo género que llamarle idioma na- cional al idioma castellano ó español que en ella se habla.
Sí, nacionales son una y otro, ambos argenti- nos, pero es porque ambos son españoles. Me figu- ro que en los Estados Unidos llamarán lengua in- glesa á la lengua que allí se habla.
Y cuanto más se estudia el habla criolla, tanto más se convence uno de que muchas voces y giros que en América se estiman de origen guaraní, qui- chua ó araucano, son genuinamente españoles. Y son voces y giros que no están anticuados en Es- paña en el habla popular de los campos, diga lo que quiera el Diccionario de la Academia, al cual nadie le hace aquí más caso que en América pue- da hacérsele. No, «ramada», v. gr., en el sentido en que Leguizamón nos la presenta, no es voz an- ticuada en España, La he oído yo.
Recuerdo que hablando un día en mi cátedra de gramática histórica de la lengua española— oficial- mente se le denomina de «filología comparada de latín y castellano» — de la yoz «brincar» ind qué corno en portugués significa «jugar ó juguetear con algo» y se llama «brinco» á un iuguete, siendo su acepción primitiva la de pendiente de la oreja ó arracada, derivándose del latín «vinculu», que con pérdida de la vocal postónica interna dió «vin- clo» con el tan frecuente cambio de 1 en r «vin- ero» y con la no menos frecuente metátesis de la r
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«brinco». Y añadí: «si la palabra latina «vínculu» lazo, atadero, y su plural neutro «vincula» hubie- ran pasado al castellano, habrían tomado la forma «vincho, vincha» como «cingulu» dió «cincho, trunculu» troncho, «mancula» (y no macula) man- cha, «conchula» concha, etc.». Y agregué: «y no podemos decir que la tal palabra, con algún sen- tido derivado del sentido del «vinculu» latino, no subsista en alguna parte». Y poco después la leía en el hermosísimo libro de Ricardo Rojas «En el país de la selva» y cuando aquí estuvo Rojas hablé con él del caso,
Y por cierto, ya que he citado á Rojas, he de decir que este intensísimo escritor, con Lugones, con Larreta — el autor de «La gloria de don Rami- ro», admirabilísima pintura de la España de Feli- pe II, y de la que os hablaré — y con otros, al mar- car una tendencia hacia el casticismo castellano, no sólo no renuncian á lo castizo criollo, sino que lo realzan y ahondan. Es que las raíces de uno y otro son comunes y no hay nada de eso de lo «diametralmente» diverso. Si Leguizamón viaja- ra por pueblos y lugares de España, y sobre todo de Andalucía y Extremadura, se convencería de ello.
«¿Charamuscas?... palabra insurgente, barbaris- mo criollo, exclamará con desdén el lector espa- ñol», nos dice Leguizamón. No, amigo, no; el lec- tor español no exclamará semejante cosa y menos con desdén. Y además, el lector español lo que no dirá es lo de «insurgente», porque esta palabra, que por lo demás está muy bien y es muy corree-
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ta, no la usa el pueblo español ni creo que la use el pueblo argentino y sí sólo los escritores. Y es en esto, en los neologismos que inventan los escri- tores, no en los del pueblo, en lo que se distinguen un poco, muy poco y nada diametralmente, el es- pañol que se escribe en España y el que se escribe en la Argentina. Es la lengua de la política, de la banca, del deporte, la lengua délas clases acomo- dadas, la que se distingue un poco más.
Esa voz charamusca tiene una fisonomía muy netamente castellana y no me extrañaría que se conservase aún por acá — aunque yo no la he oído — y parece haber nacido de una acción de influencia analógica entre las voces «chamarasca» y «cha- muscar» lo mismo que aquí, en Salamanca, la voz «uña» ha influido en «arañar», convirtiéndola en «aruñar». Y respecto á la metátesis de «chamaras- ca» en «charamusca» no hay sino recordar, entre otros casos, que «chiribitil» pasando por «chibiri- til» deriva de «chibitiril», que es diminutivo de «chibitero» que es como llaman los campesinos, por lo menos los de esta tierra, al cobertizo en que se guardan los chivos.
«Ella — es decir, la Real Academia ™ sigue encas- tillada en sus vetustas interpretaciones, sorda á toda voz que venga óe más allá de las fronteras peninsulares; mientras nosotros, desde que nos «independizamos» — dando vida á este verbo in- surgente, como dice con no poca gracia Ricardo Palma-— no nos cuidamos mucho en averiguar si tal ó cual locución está en el diccionario, bastán- donos saber que es de uso corriente y que respon-
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de á una necesidad idiomática, para emplearla». Así escribe Leguizamón.
Aquí hay dos cosas. La primera es la de que la Real Academia Española se haya resistido á in- cluir en su diccionario voces ó acepciones ameri- canas, y esto es inexacto. Más oído ha prestado á voces venidas de más allá de las fronteras penin- sulares que no á voces regionales y locales de Es- ña misma; más vocablos de uso americano acogió en su última edición, que no provincialismos espa- ñoles. Y así sucede que algunas de esas voces ó algunas de esas acepciones, que como americanas registra, son voces y acepciones corrientes en al- guna región de España, aunque la Academia lo ignore.
Lo segundo, es eso de que los americanos de lengua española no se cuiden mucho en averiguar si tal ó cual locución está en el diccionario. En esto no están solos: nos sucede lo mismo á nos- otros. Tampoco los españoles — fuera de algunos mentecatos, cada vez menos, por fortuna — cuando hablamos ó escribimos nos cuidamos de averiguar si la Academia ha sancionado ó no las voces de que nos servimos.
Eso de la Academia es para muchos un coco, algo así como la inquisición ó el jesuitismo ó la in- tolerancia. Y el caso es que, hoy por hoy, España es uno de los países menos inquisitoriales y menos académicos de Europa; desde luego, mucho, mu- chísimo menos que Francia.
Acaban de pasar por esta ciudad de Salamanca cuatro distinguidos profesores de la Universidad
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de Burdeos, y entre ellos su rector, M. Thamin. Y una de las cosas de que más se han sorprendido es de la grande, de la grandísima, de la casi ili- mitada libertad de que goza el catedrático español en su cátedra. En la vecina república se cuidará muy mucho un profesor oficial de combatir en su cátedra las instituciones fundamentales del estado ó de explicar la historia de Francia con tenden- cias legitimistas, y cosas análogas se hacen aquí sin peligro alguno. Al rector de la Universidad de Burdeos le sorprendió ver fijado en la esquina de una calle un cartel convocando á una reunión para el día de hoy — 11 de Febrero — para conmemorar el aniversario de la proclamación de la república española en 1873. «¿Pero es que no hay monarquía en España?», preguntaba, añadiendo: «¿Y cómo consiente esto el gobierno?» Y hube de explicar cómo en España lo más liberal que hay son los go- biernos , incluso los conservadores — y acaso éstos no menos que los otros — es el Estado. Si alguna intolerancia hay — y es mucha menos de lo que se dice — será en las costumbres: en la aplicación de las leyes reina el espíritu de más amplia libertad.
Y en cuanto al academicismo , dudo que haya país menos académico. Y la reacción contra la am- pulosidad lírica quintanesca, de que también nos hablaLeguizamón, no fué en España menor que en América. Cuando el quintanismo dominaba en Es- paña, dominaba también, y no con menos fuerzas, en la América española, y es difícil encontrar aquí un poeta más quintanista que Olmedo , pongo por caso de poeta hispanoamericano.
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Los movimientos literarios han sido sincrónicos en España y en la América española. Cuando aquí se quintanizaba, se quintanizaba allí; cuando Larra hacía aquí furor, Alberdi le imitaba en la Argen- tina: Núñez de Arce reinó algún tiempo en uno y otro hemisferio. Y más recientemente , la influen- cia de Rubén Darío no ha sido aquí menor que allende el océano. El mismo afrancesamiento de las letras americanas — mucho menor y mucho más superficial de lo que se cree comunmente — ha sido un afrancesamiento mediato , á través de traduc- ciones y de imitaciones españolas.
Y ahora, para concluir «por ahora» con esto, he de permitirme dirigir, más que un consejo, una in- dicación al autor «De cepa criolla». Y es que cuan- do quiera hacer comparaciones entre las cosas de su tierra y las cosas de España buscando diame- trales divergencias entre ellas, ni haga gran caso de lo que lea en los más de los escritores españo- les que se dirigen á los lectores americanos — el lector dirá: ;pues tú eres uno de ellos! — ni de lo que oiga á los emigrantes. Que no haga gran caso de lo que lea en los corresponsales españoles de diarios americanos, porque los españoles tenemos, con raras excepciones, la manía de calumniarnos y de creer que son peculiares nuestros males y de exagerarlos. Y que no haga gran caso de lo que oiga á los emigrantes, porque éstos no proceden, por lo común , y esto no es denigrarlos ni mucho menos, de las clases más cultas. El emigrante, sea de donde fuere, no es el que mejor representa á su patria.
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Es más que prooable que si alguna vez se en- cuentra un criollo con un español le critique un vocablo ó un giro genuino y castizamente español. Corren en boca del pueblo argentino muchedum- bre de vocablos y de giros de origen andaluz ó ex- tremeño que no habrá oído en su vida un vasco, un asturiano, un montañés, un gallego ó un cata- lán. Precisamente hasta hace poco la emigración á la América partía, sobre to.io, de las regiones españolas en que no tiene tradición el lenguaje castellano, de las regiones en que aún se conserva el vascuence, el bable, el pasiego, el gallego ú otra habla no genuínamente castellana. Y esta emigración se encontraba con un pueblo cuya más primitiva y más genuína cepa popular era, sobre todo, de origen andaluz y extremeño, como pro- cedente de aquellos tiempos en que era de Sevilla de donde partían los más de los aventureros que se embarcaban para las Indias Occidentales. Y esta primitiva cepa criolla, la cepa andaluza y ex- tremeña, no ha sido borrada en mucho tiempo por los sucesivos aluviones de gentes del litoral can- tábrico.
Créame Leguizamón: cuanto más leo á los es- critores americanos que critican el criollismo, más me convenzo de que en ese criollismo entra lo es- pañol andaluz, extremeño y castellano casi por todo, y casi por nada lo guaraní, quichua ó arauca- no. Aunque tampoco me extrañaría que hubiese secretas é íntimas afinidades entre andaluces, ex- tremeños y castellanos de un lado y de otro lado guaraníes, quichuas y araucanos. Muy representa-
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tivos me parecen aquel Almagro hijo, el mestizo, que tanto papel jugó en las primitivas guerras ci- viles del Perú y aquel historiador Garcilaso de la Vega, mestizo también como él y que narró sus hazañas. Uno y otro tan españoles como indios.
EDUCACION POR LA HISTORIA
Tengo aquí, á la vista, el último libro de Ricar- do Rojas, «La restauración nacionalista. Informe sobre Educación»; siento necesidad íntima de ha- blar sobre él, ó mejor dicho, de hablar sobre los problemas que suscita y sobre la manera de susci- tarlos, y no sé, ciertamente, por dónde empezar. ¡Son tantas las cosas que este libro contiene y de tanto alcance todas ellas! Veamos, sin embargo.
El presidente de esa República Argentina comi- sionó á Rojas para que estudiase el régimen de los estudios de historia en Europa, y de esta comisión ha salido el libro.
Debo empezar por declarar que mi gusto por la historia es muy tardío; me ha ido entrando con los años. Siendo yo mozo tenía una decidida afición por los estudios filosóficos y por la literatura, pero la historia me hastiaba. Y me hastiaba sin haberla realmente probado. Abrigaba en contra de ella todas Jas prevenciones que han abrigado otros mu- chos, entre ellos Schopenhauer. Creía con éste que la historia nos enseña á conocer más bien á los hombres que no al hombre; nos da noticias em-
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píricas respecto á la conducta de los unos para con los otros, más bien que una visión de su esencia, y que quien ha leído á Heródoto no tiene mucho más que aprender de la historia. La historia nos muestra más bien sucesos que no hechos: tal era mi noción.
Leía, sin embargo, á los historiadores artistas, y sobre todo, á los que nos presentan retratos de personajes. Me han interesado siempre las almas humanas individuales mucho más que las institu- ciones sociales. Un historiador como Oliveira Mar- tins, verbigracia, gran pintor de almas, ó como Carlyle — á quien he traducido — , me encantan.
Empecé después á comprender que la historia nos da materiales para eso que se llama la socio- logía, pero á esta tan decantada y asendereada sociología le tengo una fuerte manía. Apenas hay para mí cosa más insoportable que los libros lla- mados de sociología, conjunto de perogrulladas y vaciedades, mezcladas con síntesis fantásticas por lo general. Me figuro que dentro de medio siglo caerá sobre esta flamante sociología un descrédito tan grande como el que hoy pesa sobre la filosofía de la historia desde hace medio siglo.
Se me hacían y siguen todavía haciéndoseme insoportables esos eruditos de historia á que Rojas se refiere en la nota de la página 25 de su obra, eruditos que se limitan á publicar textos, atenién- dose á la letra y fingiendo desdeñar la imagina- ción, ya que no les ha sido concedida. Esta pedan- tería vino, como otras muchas pedanterías, de Ale- mania.
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Pero según he ido entrando en años, y eso que no soy viejo, he ido poco á poco aficionándome á la historia, y ahora los libros históricos forman una buena parte de los que leo. Son los que mejor me hacen matar el tiempo. Si son buenos, quiero de- cir, artísticos, los prefiero con mucho á las novelas. Las obras históricas de Taine, de Michelet, de Saint-Beuve (su «Port- Royal»), de De Barante, de Gastón Boissier, para no atenerme ahora más que á los franceses, me resultan mucho más entre- tenidas que cualquier novelista de los suyos, y no digo de Zola, porque las novelas de éste tienen mucho más de historia mala que de novela buena.
Y he comprendido por fin cuán profunda verdad encierra la sentencia, expresada también por Ro- jas, de que la historia es educativa, no instructiva. «Decir que no pueden extraerse de ella principios permanentes de conducta — escribe Rojas — , es sólo decir que la historia no es la moral.»
Y como Rojas parece que se preocupa, con ex- celente acuerdo, de la educación cívica más bien que de la instrucción técnica de su pueblo, de ahí que exalte la importancia de la enseñanza adecua- da de la historia.
Mi joven amigo, ese tan hondo y tan noble y tan penetrante patriota argentino, me parece que ve en esto muy claro. Conozco hombres nada esca- sos de instrucción técnica — que es la que da dine- ro— en el ramo á que profesionalmente se dedican y aun en oíros y los conozco también que no ca- recen de una cierta ilustración general, principal- mente literaria y de las novedades en moda, que
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Les permite hacer regular papel en sociedad, pero faltos unos y otros de sólida educación humana, de íntima religiosidad de la vida, de elevadoras preocupaciones. Son gentes, como Rojas dice de las nuevas generaciones argentinas, de un innoble materialismo que les lleva á confundir el progreso con la civilización. Yo diría más bien con la cultu- ra. Y sin esa nueva idea — como dice muy bien mi noble amigo, vuestro gran patriota— «no consegui- remos ni fundar una patria ni servir con nuevos dones á la humanidad».
¿Cómo no he de aplaudir estas predicaciones idealistas de Rojas yo, que apenas hago aquí otra cosa que predicar idealismos?
¿Y cómo no he de aplaudir su nacionalismo yo que como él, he hecho cien veces notar todo lo que de egoísta hay en el humanitarismo? He de repe- tir una vez más, lo que ya he escrito varias veces, y es que cuanto más de su tiempo y de su país es uno más es de los tiempos y de los países todos y que el llamado cosmopolitismo es lo que más se opone á la verdadera universalidad.
El tan decantado cosmopolitismo bonaerense creo sea el mayor obstáculo para la universaliza- ción de la patria argentina, para que ésta llegue á cumplir una misión en la historia humana. No me parece que se deban tomar muy á la letra las pala- bras de Sarmiento en su discurso déla bandera.
Los verdaderos y buenos patriotas se entienden mejor á través de sus respectivas patrias que no los antipatriotas, los humanitaristas de una huma- nidad abstracta y utópica. Así Rojas y yo, él ra-
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dicalmente argentino y radicalmente aspañol yo, nos etendemos muy bien.
He aquí unas palabras de él, de Rojas, que hago mías: «El cosmopolitismo en los hombres y las ideas, la disociación de viejos núcleos morales, la indiferencia para con los negocios públicos, el ol- vido creciente de las tradiciones, la corrupción popular del idioma, el desconocimiento de nuestro propio territorio, la falta de solidaridad nacional, el ansia de la riqueza sin escrúpulos, el culto de las jerarquías innobles, el desdén por las altas em- presas, la falta de pasión en las luchas, la venali- dad del sufragio, la superstición por los nombres exóticos, el individualismo demoledor, el despre- cio por los ideales ajenos, la constante simulación y la ironía canalla — cuanto define la época ac- tual— comprueban la necesidad de una reacción poderosa en favor de la conciencia nacional y de las disciplinas civiles».
¡Bien, amigo Rojas, bien, muy bien! Y si la iro- nía canalla se ceba en usted, como alguna vez se ha cebado en mí, y en una ú otra forma le llaman macaneador, lírico ó cristo, mejor para usted. No haga caso á la envilecida malicia metropolitana. Aspiremos á que se nos pongan bajo «el divino nombre de Quijote». Bien, muy bien, amigo Ro- jas, y firme y duro en la pelea, que siempre se gana.
No pocos de esos males que Rojas señala en las páginas 88 y 89, de su obra, los padecemos tam- bién por acá, donde no hace menos falta que ahí una restauración nacionalista. Los destrozos de
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toda clase de anarquismo — y el peor es el de los poderosos y bien acomodados, que rechazan el nombre, pero abrigan la cosa — han sido y siguen siendo aquí enormes. Aquí, como ahí, una litera- tura plebeya y una filosofía egoísta, que disimula- ba bajo manto de filantropía su regresión hacia los instintos más oscuros, ha causado algún daño, en estos últimos tiempos, á la idea de patriotismo; aquí, como ahí, el innoble veneno, profusamen- te difundido en libros baratos por ávidos edito- res, ha contaminado á las turbas ignaras y á la «adolescencia impresionable». Tiene mucha razón Rojas al decir que «ha sido una de las aberracio- nes democráticas de nuestro tiempo y de nuestro país, que la obra de alta y peligrosa filosofía cir- culase en volúmenes económicos, más asequible que el libro nacional ó que los Manuales de es- cuela».
¡Cuánto no vengo yo predicando contra esas malas bibliotecas baratas, de obras mutiladas y pésimamente traducidas, que aquí explotó sobre todo un ávido editor no español y creo que de ninguna otra patria tampoco! Pobres obreros, que ignoran los rudimentos de las ciencias, que desco- nocen el teorema de Pitágoras y la ley de la caída de los graves, que no distinguen los pistilos de los estambres, ni el páncreas del bazo, y se meten á leer libros, no de ciencia, sino de pseudo-filoso- fía pseudo-científica, en que se nos afirma muy seriamente que ya no hay en el Universo enigmas, ni misterios, ni alma, ni patria, ni Dios.
Sí, tiene razón Rojas; «se hace necesario pro-
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clamar de nuevo la afirmación de los viejos idea- les románticos y decir que «en las condiciones ac- tuales de la vida esa fórmula contraria á la pa- tria implica sustituir el grupo humano concreto por una humanidad en abstracto, que no se sa- bría cómo servir». Y véase lo que son las cosas; el más conspicuo y saliente de los ácratas ó anar- quistas españoles no hace todavía muchos años, anda haciendo ahora de... catalanista! Después de haber combatido las patrias todas en nombre de la humanidad, se entretiene ahora en trazar ri- dículos y desatinados paralelos entre los castella- nos y los catalanes. Y he conocido otros anar- quistas así, llenos de prejuicios localistas y de campanario.
Hay en la pintura que Rojas traza del estado ac- tual de su patria una observación en que me he detenido, porque responde á una de mis más arraigadas preocupaciones, y es donde dice que falta á los argentinos aquella aptitud metafísica que salvó del desastre á los alemanes.
Sin entrar á tratar ahora si fué ó no la aptitud metafísica lo que á los alemanes calvara, aunque conforme en el fondo de ello con Rojas, sí he de hacer notar que siempre me ha llamado la aten- ción el desvío, disgusto ó poca aptitud, no ya sólo de los argentinos, sino de los hispano americanos todos, para con los estudios metafísicos y genui- ñámente filosóficos. La filosofía que por ahí priva suele ser una filosofía dilettantesca, con rtiás de literatura que de filosofía, ó una cierta pseudo- filosofía cientificista y no científica. Se conoce
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mejor á Spencer que á Stuart Mili, y se lee más á Nietzsche que á Kant ó á Hegel. Y así sucede que un hombre como el doctor Carlos Vaz Ferreira, el profesor de Filosofía de Montevideo, uno de los hombreá de pensamiento filosófico más penetran- te, hondo y robusto que yo conozca, apenas tenga el prestigio y predicamento que merece, mientras privan otras elucubraciones más agradables tal vez, más amenas ó más brillantes, pero en exceso literarias y vagas.
Y me he preguntado muchas veces si esa falta de aptitud metafísica de que nos habla Rojas no tendrá una cierta relación con el escaso interés que me parece despiertan ahí los eternos proble- mas religiosos, el de la finalidad última del uni- verso, el de la persistencia de la conciencia, el de la inmortalidad del alma, el de la comprensión de Dios.
Por mi parte, no acierto á explicarme un sólido patriotismo sin una cierta base religiosa. Claro está que no quiero decir precisamente base dog- mática de una iglesia determinada, sino que no me explico una patria que sea tal, un pueblo que t-nga un cierto vislumbre de su misión y papel en el mundo no siendo que su conciencia colectiva responda, aunque sea por manera oscura, á los grandes y eternos problemas humanos de nuestra finalidad última y nuestro destino. Lo que da más fuerza al ardiente y místico patriotismo de un Mazzini, pongo por caso, es su fuprte base reli- giosa. El problema religioso fué el que más le preocupó siempre.
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No digo yo que este problema no preocupe ahí á nadie. Precisamente estos días he estado repa- sando las obras de Francisco Bilbao, el chileno, el entusiasta de Lammenais y de Edgardo Quinet, y en él se ve bien clara la preocupación religiosa. Ni creo tampoco que sea tan aislado el caso del sacerdote peruano VigiL Pero se me antoja que todo esto es por ahí mucho más raro que en estos pueblos europeos. Así como se me antoja también que alcanza ahí mucha más extensión que aquí lo de confundir el progreso con la civilización—se- gún la fórmula de Rojas — y un cierto supuesto po- sitivismo práctico, á base de cientificismo barato y de última edición popular, que cree pisar en fir- me terreno de realidades concretas. Un estudio del pensamiento del gran Sarmiento nos ilustraría mucho á este respecto.
Y he ahí otra razón por qué me parece lauda- ble y fecunda la labor por Rojas emprendida. El patriotismo de éste tiene una cierta exaltación, aunque serena y contenida, y á las veces frisa con una especie de religión de la patria. Descansa en cimiento de íe. Se ve en él un constante anhelo de dar á conciencia la americanidad— permitidme esta palabra, que no equivale á americanismo, voz que lleva esa fea coleta del ismo — un esfuerzo por hacerla consciente.
Toda su labor conspira á eso, á fundarla verda- dera^ durable independencia de su pueblo, la in- dependencia espiritual. Independencia relativa, claro está, ya que en rigor no hay nadie indepen- diente. Todos vivimos dependiendo los unos de
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los otros; he aquí un incontrovertible lugar co- mún. Pero llamamos independiente á aquel que se apropia y asimila lo que los otros le dan, que lo toma como alimento que en propia sustancia y á imagen y semejanza de ella, lo elabora. Y es un pueblo espiritualmente independiente el que crece orgánicamente, por asimilación de materia, y no mecánicamente por yuxtaposición de ella.
Con las ideas ocurre como con los hombres, y es que así como un país puede crecer por inmi- gración de gentes, poco orgánicamente, por apor- te de elementos extraños que no se asimila del todo, así un espíritu con las ideas. Y así también un espíritu colectivo. El que la Argentina, pongo por caso, no acabe de asimilarse todas esas «colo- nias» que acuden á explotarla, no me parece que es mal mayor que el mal de que el espíritu colec- tivo de su clase ilustrada no acabe tampoco de asimilarse las colonias de ideas — algunas de dese- cho— que acuden ahí. Me parece que dice muy bien Rojas al decir: «Vivimos á la espera del barco de ultramar, que antes venía cada tres meses con noticias de Cádiz, y que ahora llega cada día con noticias de Francia ó de Inglaterra».
Y Rojas ha tomado el problema por donde debe tomársele, por la enseñanza pública. Quiere que las escuelas sean nacionales, propias, y que en ellas se fragüe la «argentinidad» espiritual. Mas como esta voz es de mi cosecha, y aun me queda no poco que decir, lo dejaré para otro artículo.
SOBRE LA ARGENTINIDAD
En mi correspondencia anterior, primera de las que dedico al libro de Ricardo Rojas, La restau- ración nacionalista, libro henchido de sugestio- nes, usé de dos palabras que ignoro si han sido ó no usadas ya, pero que ciertamente no corren mu- cho. Son las palabras americanidad y argentini- dad. Ya otras veces he usado la de españolidad y la de hispanidad. Y los italianos emplean bastante la voz «italianitá».
Fué leyendo al gran historiador y psicólogo por- tugués Oliveira Martins como me hirió la imagi- nación la voz «hombridade» que aplican á los cas- tellanos. Tenernos, es cierto, la voz hombría en el gii o «hombría de bien», pero hombridad me pareció un hallazgo. No es lo mismo que humani- dad, voz que siendo de origen erudito, se halla estropeada por aplicaciones pedantescas y secta- rias. Y no es tampoco uno de esos terribles ter- minachos en ismo, tal como humanismo, termina- chos que huelen á secta y á doctrina abstracta. Hombridad es la cualidad d£ ser hombre, de ser hombre entero y verdadero, de ser todo un hom-
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bre. Decir, pues, de uno que tiene hombridad, equivale á decir de él que es todo un hombre. ¡Y son tan pocos los hombres de quienes pueda de- cirse que sean todo un hombre!
Al hablar, pues, de americanidad ó de argenti- dad, quiero hablar :de aquellas cualidades espiri- tuales, de aquella fisonomía moral — mental, ética, estética 3' religiosa — que hace al americano ame- ricano y al argentino argentino. Y si no me enga- ño, á eso tiende la labor de Rojas, á sacar á flor de conciencia colectiva la argentinidad para que se robustezca y defina y acreciente al aire de ]a vida civil y de la historia.
Rojas, continuador de la obra de los Sarmiento, Alberdi, Mitre 3^ otros grandes conductores de su pueblo, cita aquellas palabras del primero de és tos: «¿Somos nación? ¿Nación sin amalgama de ma teriales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿Ar- gentinos? Hasta dónde y desde cuándo bueno es darse cuenta de ello.»
Y aquí un alto.
Es fácil que alguno de mis lectores criollos, so- bre todo alguno de los que estén tocados de la «ironía canalla» de que Rojas nos habla, imagi- nándose que estoy macaneando me interrumpa por lo bajo, diciéndome: «Pero, ¿y á usted quién le da vela en este entierro ? » ó en el giro correspon- diente que ahí se use. A usted — se dirá — ¿qué le va ni le viene en este pleito? Voy á ello.
Aquí podría yo, en propia apología, presentar los memoriales que me acreditan como uno de los pocos, de los poquísimos europeos que se han in-
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teresado por el conocimiento de las cosas de Amé- rica, y algunos de esos memoriales podría sacar- los de la obra misma de Rojas, que me sirve de tema para estos mis actuales comentos.
Tiene mucha razón Rojas cuando acusa á los europeos de poca curiosidad cosmopolita, y cuan- do, no sin cierto dejo de modestia, se queja de que por acá, por Europa, hay gentes que pasan por cultas, que apenas si saben hacia dónde cae Buenos Aires. Esto es muy cierto, y es tanto más cierto cuanto el país europeo sea más adelantado.
Puede asegurarse que en ciertos respectos el máximo de ignorancia alcanzan las clases medias, la burguesía de la cultura en París, Londres y Berlín. La insipiencia del parisiense de buena cepa, respecto á lo que pasa más allá de Batigno- lles, es proverbial. Lo reconocen ellos mismos y hasta se jactan de semejante cosa.
Creo ser una excepción á esta incuriosidad eu- ropea. No sólo me han interesado y me interesan las cosas de toda América, sino que soy una de las excepciones á la profunda ignorancia que aquí reina respecto á la historia, literatura y arte de Portugal. Esta mi incurable plurilateralidad de atención, este espíritu curioso por todo lo que en todas partes pasa, me llevó á aprender danés — ó noruego, que es lo mismo, — para poder leer sobre todo á un hombre, á Kierkegaard, y he estado á punto de aprender rumano para leer á otro. Y de cada país me interesan los que más del país son, los más castizos, los más propios, los menos tra- ducidos y menos traductibles.
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Hay, por ejemplo, poetas ingleses que han lle- gado á hacerse poetas cosmopolitas por así decir- lo, á quienes se traduce é imita, tal, en primer lugar, lord Byron. Y con él, aunque menos, se ha- bla de Shelley y de Tennyson, y de otros. Pero yo prefiero á los más indígenas, á los más propios, á los de más anglicanidad. Debo confesar que una de las cosas que más me llevó á engolfarme en Wordsworth es el que apenas se le cite fuera de Inglaterra, y sobre todo, el que los franceses que conocen literatura inglesa, sientan un cierto desvío hacia él. Y me recrea Browning, á pesar de sus oscuridades.
Y así de los escritores y pensadores argentinos he buscado, no á esos sociólogos traducidos, ó á esos poetas en un tiempo modernistas, y hoy no sé qué, que me dicen mejor ó peor — generalmente peor, — lo mismo que estoy harto de oir aquí, sino á aquellos más de la tierra, más verdaderamente nativos, pero nativos de verdad, y no tampoco por moda de criollismo literario y macaneante, á aque- llos que me revelan la argentinidad latente. Y he aquí por qué he sido tan devoto lector y tan entu- siasta panegirista de Sarmiento. Sin mucha efica- cia aquí.
Sin mucha eficacia, repito. A raíz de una confe- rencia que di en el Ateneo de Madrid, y en que hablé como suelo siempre hacerlo del gran Sar- miento, surgió entre algunos jóvenes ateneístas la idea de dirigir á la Junta de aquel Centro de cul- tura una instancia pidiendo que adquiriera para su biblioteca las obras de aquél. Y no debieron de
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haberse adquirido, por cuanto al ir á dar uno ó dos años después otra conferencia en aquel mismo Centro Rojas, tuvo que procurarse el Fecundo, los Recuerdos de provincia y los Viajes de mi libre- ría particular, pues en Madrid no pudo obtenerlos. Hace pocos días ha pronunciado un discurso en ese mismo Centro Belisario Roldán: ha sido estre- pitosamente aplaudido, y la prensa toda se ha des- hecho en elogios á su elocuencia. En ese discurso habló de Sarmiento, según mis noticias, con la conmovida devoción con que debe hablar todo argentino de aquel genio á quien tantas veces se le trató de loco en vida por la ironía canalla. Pues bien, os aseguro que no ha conseguido Roldán el que uno solo de sus oyentes se haya decidido á pedir una siquiera de las obras de Sarmiento.
Además — y vaya esto por vía de digresión, — es tan difícil encontrar aquí libros americanos... Y la gente que no se molesta. Por recomendación mía ha habido quienes han buscado en las librerías de Madrid las Conferencias y discursos del gran poeta-orador Zorrilla de San Martín y el libro Ideas y observaciones del gran pensador y pedagogo Vaz Ferreira, orientales ambos, y al no encontrarlos, no han hecho gestión alguna ulterior para procu- rárselos.
Ahora sí, parece como que aquí escritores, po- líticos, literatos y artistas agitan un poco más eso Ae la fraternidad hispano-americana y hablan de a comunidad de raza, pero no les hagáis caso. Co- nozco á mi gente. En el fondo se trata de egoís- mos mercantiles. Dicen que ahí hay campo; dicen
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que tal ó cual se ha traído tantos y cuantos miles de pesos ; dicen que nuestros dramaturgos y sai- neteros empiezan á cobrar trimestres de América; dicen que ese tiene que ser nuestro mercado de libros; dicen que lo que importa es calzarse algu- na corresponsalía en un diario americano, que son los que pagan. Y de todo eso de la confraternidad la mitad es macaneo.
Y esto jos lo digo yo, yo que por lo que hace á mi pluma, vivo más de la América que de España, y os lo digo con este noble cinismo y con esta que dicen mi displicencia, que me ha rodeado de una protectora muralla de antipatía; os lo digo yo, el egotista según los otros. Y os lo digo porque es- toy harto de farsas ahí, aquí y en todas partes.
Y volviendo á mi tema — si es que le tengo y no es esto una sarta de reflexiones sin cuerda, — os diré que la argentinidad me interesa porque mi batalla es que cada cual, hombre ó pueblo, sea él y no otro, y me interesa además como español re- calcitrante y preocupado de mantener aquí la es- pañolidad.
Al final del informe que me pidió Rojas y que en su obra inserta, informe en quehacíayo constar que ahí, en la Argentina, empiezan á dar fruto gérme- nes que vsiendo muy castizos y peculiares nuestros, aquí se han malogrado, y en que decía como es- toy convencido de que cuando se quiera ver la historia argentina en argentino, en nativo, se aca- bará por verla en español ; al final de este informe escribe Rojas: «Cree el señor Unamuno que cuan- do los argentinos veamos nuestra propia historia
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en argentino, concluiremos por verla en español, y yo creo que cuando los españoles la vean con esa clarividencia, terminarán por verla en argen- tino, coincidiendo unos y otros en sus apreciacio- nes.» Conformes de toda conformidad.
Y he aquí por qué me parece muy bien cuanto Rojas escribe respecto á las colonias, como me pa- reció muy bien lo que respecto á ellas escribió «Abul-Bagi».
Lo que Rojas escribe sobre la pedagogía de las estatuas es acertadísimo. Es verdad, las estatuas de Garibaldi y de Mazzini — y lo mismo diría si se tratase de las de Castelar ó de Riego — parecen decir á sus paisanos: «no venís á una patria, sino á una colonia». (Son palabras de Rojas). Y luego tiene mucha razón al añadir que «en cuanto á Ga- ribaldi y Mazzini, su significado es actual y políti- co, grande dentro de Italia, pero fuera de Italia depresiva para nosotros, ó reducido á las propor- ciones de una época ó de un partido.» Y tiene ra- zón, mucha razón, en decir que como testimonio de fraternidad correspondíale ese honor al Dante «símbolo de la Italia nueva y de la vieja y de la italianidad imperecedera.» Y todo lo que luego es- cribe Rojas sobre Garibaldi y sobre Mazzini — y cuenta que éste es uno de los hombres á quien más admiro— es de una gran justeza. Pero es que el Dante está por encima de los entusiasmos sec- tarios; es que el Dante fué católico, en el más no- ble, más alto, más imperecedero 3' más hondo sen- tido de la catolicidad. Fué católico y gibelino.
¿Y nosotros, los españoles? Como homenaje de
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fraternidad debería bastarnos con la estatua de Cervantes, el creador de El Quijote, que es tan americano como español. Y luego, con que se cum- pliese el voto de Rojas de que sobre el pedestal en que hoy se alza ahí Mazzini se alzase Juan de Ga- ray, ¿para qué queríamos más? Porque Garay, que fué español y muy español, doblemente español por ser de sangre vasca, no es de colonia, sino que es el nexo entre la españolidad y la argén tinidad, que en su fondo primitivo ha brotado de aquélla.
Todo cuanto Rojas escribe de la necesidad de angentinizar á la Argentina frente á las colonias es de una justicia evidente. Yo lo traduzco á nues- tro problema español y veo su justicia. Las pala- bras del inspector general don Victor M. Molina dirigidas al ministro Wilde, y que en la página 317 de su obra reproduce, son acertadísimas.
Y muy bien, muy bien, muy bien, lo que sobre la limitación de la libertad de enseñanza en prove- cho de los altos intereses patrios escribe. Es tam- bién aquí mi batalla; es mi constante predicación. Y creo haber contribuido no poco á una cierta re- acción en sentido estadista, de suprema imposición del Estado, que aquí entre los liberales empieza á notarse, á una reacción en favor del Estado do- cente.
Aquí, aunque mucho menos que en la Argenti- na, dada nuestra mayor homogeneidad, también es la escuela privada factor de disolución nacio- nal, en cuanto lo es de fanatismo, sea católico, sea laico.
La restauración nacionalista con que Rojas sue-
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ña, como toda restauración nacional — y aquí la nuestra, la española, tan amenazada por lo torci- damente que se entiende eso de la europeiza- ción— , tiene que empezar por la escuela, la escue- la debe ser ahí la cuna de la argentinidad, como la escuela debe aquí ser la cuna de la españo- lidad.
Y en la argentinidad es donde tiene que buscar la Argentina su universalidad. «No olvidemos — es- cribe Rojas — que si el país ha abierto sus puertas al extranjero, ha sido por un doble movimiento de patriotismo y de solidaridad humana: necesitába- mos crear económicamente la nacionalidad cuya conciencia ya existía en tiempos de la Constitu- yente y entregar, en generosa compensación, la tierra virgen al trabajo humano. Pero nosotros no abrimos las puertas de la nación al italiano, al fran- cés, al inglés en su condición de italiano, de fran- cés, de inglés; se las abrimos en calidad de «hom- bre» simplemente. Cuando ese hombre que invoca sentimientos de solidaridad humana al llamar á nuestras puertas, conviértese, después de haber entrado, en campeón de sus prejuicios políticos de italiano, de francés ó de inglés, ese hombre trai- ciona nuestra hospitalidad.» Esto está muy bien, muy bien, muy bien. Y nótese que lo que moral- mente no le es lícito, ni ai italiano, ni al francés, ni al inglés, ni al español, es convertirse ahí en campeón de los prejuicios políticos de su país, no de su italianidad, galicanidad, anglicanidad ó es- pañolidad en lo que éstas tienen de eternas, de culturales y no de políticas. El fuerte contingente
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italiano de la República Argentina ha podido y de- bido llevar algo de la italianidad eterna á la argen- tinidad, pero habrá de llevarlo en argentino. En argentino, tanto en lengua como en espíritu.
Aun quedan en las obras de Rojas otros puntos que merecen ser dilucidados, como es el referente al estudio de la lengua y de su gramática. Pero éste merece capítulo aparte.
UN FILÓSOFO DEL SENTIDO COMUN
Entre los libros que formaban la modestísima, pero no mal escogida biblioteca de mi padre, es- taban las obras de Jaime Balmes, el centenario de cuyo nacimiento se celebrará dentro de pocos días en su pueblo nativo, Vich. Y siendo yo un mozo, á mis catorce años, cuando estudiaba en el Insti- tuto de este mi Bilbao la asignatura de psicología, lógica y ética, dediqué no pocas horas á la lectura y estudio del publicista catalán. No puedo, pues, negar que Balmes contribuyera tanto ó más que otro cualquiera á despertar mi curiosidad filo- sófica.
Cierto es que no cabe formarse una regular idea de lo que fueron los portentosos sistemas de Kant, Hegel, Fichte, Schelling, etc., por lo que de ellos nos dice Balmes en su Filosofía fundamental. Balmes no los comprendió, ni podía en rigor com- prenderlos. Pero á través de sus pálidas traduccio- nes, deformadas casi siempre, se adivina el origi- nal. ¡Qué de vueltas no les di yo en aquellos mis años juveniles á las para mí entonces misteriosas fórmulas de' Fichte, A~A y yo~ yo! Mi pobre
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espíritu andaba peloteado entre tautologías y pa- radojas.
Después no volví á leer á Balmes hasta que á mis veinticinco años fui á opositar una cátedra de psicología, lógica y ética. Y entonces lo leí más para atemperarme al ambiente intelectual de los que habían de juzgarme, que por otra cosa. Y lue- go no he vuelto á leerle. No es autor cuya lectura se repite.
Y ahora, en la proximidad de su centenario, tengo aquí, á mi vista y á mi mano, y en este mis- mo cuarto en que hace más de treinta años los leía, los libros de Balmes, que fueron compañeros de las melancolías trascendentes de mi pubertad de cuerpo y de espíritu.
De todas estas obras de Balmes era su filoso- fía fundamental la que más me inquietaba, pug- nando por penetrar en sus entonces para mí subli- mes oscuridades, pero era su libro El Criterio el que más me encantaba. Todo aquello de el tinto- rero y el filósofo, el jugador de ajedrez, Sobieski en el sitio de Viena, las víboras de Aníbal, los cambios políticos de Don Marcelino, las pinturas de el aborrecido, el arruinado, el instruido que- brado y el ignorante rico, el cotejo entre el orgu- llo y la vanidad, el hombre riéndose de sí mismo, las mudanzas de Don Nicasio en breves horas..., todo esto hacía mis delicias por lo anecdótico.
Se ha dicho muchas veces que uno de los me- jores modos de conocer á una persona es por los pasajes que subraya y señala en las obras que lee, y esta observación me ha guiado á no subrayar ni
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señalar pasaje alguno en mis libros para quitar al que los lea luego asideros por donde juzgarme. Pero ahora aquí me encuentro con los pasajes que señaló en este libro de Balmes aquel que fui yo hace más de treinta años. Y es significativo para mí encontrar que mi antepasado — es decir, yo mismo á mis catorce ó diez y seis años — señaló este pasaje del párrafo I del capítulo XXI de El Criterio , donde dice: «La vida es breve, la muer- te cierta; de aquí á pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida». ¡Qué «mío» era ese mi antepasado que señaló ingenuamente, en sus preocupaciones juveniles este pasaje!
Pero después, como digo, no he podido volver á leer á Balmes. Cuando lo he intentado me ha saltado al punto á la vista la irremediable vulga- ridad de su pensamiento, su empacho de sentido común. Y el sentido común es, como dicen que decía Hegel, bueno para la cocina. Con sentido común no se hace filosofía.
«Sentido común, he aquí una expresión suma- mente vaga», dice el mismo Balmes al empezar el capítulo xxxil, dedicado al criterio del sentido común, del libro primero de su «Filosofía funda- mental». ¡Y tan vaga! Pero luego entra Balmes en el análisis de este sentido de que tanto usó y abu- só, y nos dice que sentido excluye reflexión, ex- cluye todo raciocinio, toda combinación, que «cuan- do sentimos el espíritu se halla más bien pasivo
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que activo, nada pone de sí propio; no da, recibe; no ejerce una acción, la sufre». Y añade que hay que separar del sentido común todo aquello en que el espíritu ejerce su actividad, y que con res- pecto al criterio de sentido común el entendimien- to no hace más que someterse á una ley que siente, á una necesidad instintiva que no puede declinar. Y luego dice: «común: esta palabra excluye todo lo individual é indica que el objeto del sentido común es general á todos los hombres». Y por úl- timo, concluye definiendo así: «yo creo que la ex- presión sentido común significa una ley de nues- tro espíritu, diferente en apariencia según son diferentes los casos á que se aplica, pero que en realidad y á pesar de sus modificaciones, es una sola, siempre la misma, y consiste en una inclina- ción natural de nuestro espíritu á dar un asenso á ciertas verdades no atestiguadas por la conciencia, ni demostradas por la razón y que todos los hom- bres han menester para satisfacer las necesidades de la vida sensitiva, intelectual y moral».
Fijémonos en esta tan característica definición y en el análisis que le precede y veremos como Balmes, el filósofo (??) del sentido común, sentía todo lo que de instintivo y pasivo, todo lo que de irreflexivo é irracional tiene e^e sentido que se endereza á satisfacer necesidades, es decir, á un fin pragmático. ¿No dijo acaso este mismo sacer- dote católico catalán que al mundo real hay que considerarle y tratarle tal como es en sí, positi- vo, práctico, prosaico? («El Criterio», capítu- lo XXII, libro III).
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Yo diría, y lo he dicho antes de ahora, que el sentido común es el que juzga con los medios co- munes de conocer y en vista de una finalidad prác- tica, y que así en un paraje donde sólo un sujeto conociese y usase el telescopio y el microscopio rechazarían los demás sus afirmaciones, por con- trarias al sentido común, juzgando ellos á simple vista, y que, por otra parte, el sentido común de- muestra ó cree demostrar todo lo que nos hace falta para vivir.
Entre los ejemplos que Balmes presenta de sen- tido común es el de que si uno pretendiese sacar de un gran montón de arena un grano muy peque- ño que en él se hubiese metido, revolviéndolo lue- go, los circunstantes se mirarían desconcertados exclamando: ¡qué despropósito! ¡no tiene sentido común! Y aquí, como se ve, no se trata si no de un caso de probabilidad, sujeto á cálculo, de la pro- babilidad de sacar un número dado entre uno, dos, tres ó mil millones.
Aquí tenemos á Cournot, el gran matemático especialista en el cálculo de probabilidades, agudo economista y sutil y profundo pensador francés; á Cournot, cuyo crédito parece que ha vuelto á en- trar en alza. Oigámosle lo que en su libro Consi- deraciones sobre la marcha de las ideas en los tiempos modernos nos dice acerca del sentido común.
En el capítulo V del libro III de esta penetrante obra, hablando de la psicología, escribía Cournot: «Privado de este medio de comprobación, confina do en el estudio de una especie única en su géne-
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ro y hasta á menudo de una variedad única, el psi- cólogo se ve reducido á apelar en todo caso («opportune, importune») á la opinión común. Pero el sentido común dice que la ballena es un pez ó por lo menos que se parece más á un pez que no á un cuadrúpedo, y en esto el sentido común se en- gaña: la ciencia que se llama zoología lo demues- tra. El sentido común le encentra trá á un baobá más analogía con una encina que con una yerba como la malva, y la botánica condenará aquí la opinión del sentido común. Que se nos cite un caso en que la psicología corrija así al sentido co- mún creeremos en la psicología científica».
Acaso hoy podrían citársele á Cournot casos de éstos que pide y hasta cuando escribía eso, ha- cia 1870, podía haberlos encontrado. Pero véase cómo para Cournot lo característico de la ciencia es corregir al sentido común. Hay que hacer no- tar, sin embargo, que si el sentido común afirma que la ballena se parece más á un pez que no á un cuadrúpedo, no se equivoca al afirmarlo. Exterior- mente, en lo que con- los sentidos comunes apre- ciamos, así es. No es posible que nadie afirme que la ballena, que no tiene patas, se parece más á un cuadrúpedo que á un pez. Cournot anduvo torpe al decir cuadrúpedo donde debió decir mamífero, que no es lo mismo. El error del sentido común sería concluir de la analogía externa á la interna. Como es exacto que el baobá y la encina son am- bos lo que llamamos árboles y la malva no lo es. Pero aun con estas exageraciones paradójicas, el criterio dominante en Cournot me parece más pro-
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fundamente filosófico que el criterio dominante en Balmes, esta especie de escocés-catalán.
He dicho exageraciones paradójicas. Y es que lo que llamamos paradoja es el más eficaz correc- tivo de las ramplonerías y perogrulladas del senti- do común. La paradoja es lo que más se opone al sentido común, y toda verdad científica nueva tiene que aparecer como paradoja á los del senti- do común en seco.
En el segundo Congreso científico de Ginebra de 1905 presentó G. Vailati una memoria sobre «El papel de la paradoja en el desarrollo de las teorías filosóficas», de la cual es el siguiente párrafo: «La paradoja es siempre el efecto de una definición más exacta de los conceptos, definición que introduce un desacuerdo entre estos concep- tos y la significación equívoca del término corres- pondiente en el lenguaje común».
En el lenguaje común... El lenguaje común, en efecto, es el del sentido común, formado por las necesidades prácticas de la vida y enderezado á servirlas. No es cosa suya la precisión científica. Por lo cual tiene la ciencia que empezar por for- marse un lenguaje propio y hasta una especie de álgebra, como la de la química, con sus fórmulas. Entre la palabra corriente y usual bencina y la fórmula química con que se la representa media un abismo.
Pero es claro que el sentido común tiene su campo, como le tiene el suyo la paradoja. Cuando un bachiller pedante enuncia gravemente que el frío no existe, no hace sino soltar una enorme ton-
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tería, porque el pueblo al hablar de frío, no ¡supo- ne teoría alguna ni menos que su causa sea con- traria á la del calor, sino supone sencillamente una sensación y una causa, sea la que fuere, de esta sensación.
El sentido común tiene, sin duda, su campo, que no es precisamente el filosófico; pero la para- doja tiene también el suyo. Y si aquél es lo colec- tivo, lo común, éste es ó empieza por ser lo indi- vidual, lo propio. La paradoja es el más genuino producto del sentido propio. Y es, por lo tan- to, el más eficaz elemento del progreso, ya que por lo individual se progresa. El cambio es siem- pre de origen individual; una masa, en cuanto masa, no cambia sino de posición respecto á otras masas.
La historia toda del pensamiento humano podría reducirse al conflicto y juego mutuo entre el sen- tido común y el propio, entre la perogrullada y la paradoja, entre el instinto práctico y la razón es- peculativa.
Y hay también una paradoja práctica ó moral. Y si el cristianismo fué un escándalo para los pa- ganos, según San Pablo, es porque fué una enor- me paradoja. Y á medida que ha ido desparadoji- zándose, acomodándose al sentido común moral, ha ido descristianizándose, como lo vió muy bien aquel terrible danés que se llamó en vida Kierke- gaard.
Muchas veces se ha hecho notar lo profunda- mente paradójico del cristianismo. Y sin entrar en lo de <> credo, quia absurdum», en el mero campo
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moral es muy exacta la observación del profesor Bousset, de Gotinga, de que no. entenderemos bien ciertas palabras de Jesús mientras no nos demos cuenta de que tomadas unilateralmente, á la letra, son paradójicas. ¿Qué si no paradoja es aquello de que si el ojo derecho te hace tropezar, te lo saques? ¿Y lo de presentar la otra mejilla al que nos golpeare en una? ¿Y lo de ser más difícil entrar un rico en el reino de los cielos que hacer pasar un camello por él ojo de una aguja, ó en- hebrar por éste un calabrote (según se traduzca)? ¿Y aquello otro de que no puede ser discípulo de Cristo el que no odie á su padre y á su madre y á su mujer y á sus hijos y á sus hermanos y á sus hermanas?
El honrado P. Scio, en las notas que puso á su traducción castellana de la Biblia, dice al llegar á este último pasaje (Lucas, XIV, 26), que «abo rrecer á sus parientes no quiere decir quererlos mal, sino detestar sus máximas y su conducta, cuando son opuestas al Evangelio». Nota henchi- da, sin duda, de sentido común, pero en la que no resplandece, ciertamente, una gran comprensión del terrible sentido de las palabras de Jesús, pronunciadas cuando se esperaba el próximo fin del mundo. Y la terribilidad de ese sentido es una terribilidad permanente por que el fin del mundo está de continuo inminente para cada uno de nosotros. De donde el principio de no apegar nos á los afectos de la carne, los que la muerte rompe.
¡Adonde me ha traído el comentario de Bal-
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mesl El cual, por cierto, jamás se dejó llevar á semejantes terribilidades. Su fuerte dosis de sen- tido común, práctico catalán, le apartó de todo misticismo. No había en él la estofa de un San Juan de la Cruz, el castellano. Vich no es Fonti- veros. No hay sino leer en el capítulo XXVIII de la ética de su Filosof ía elemental las páginas que dedica á la inmortalidad del alma y los premios y penas de la otra vida. Todo es del más sosegado sentido común: falta el soplo del misterio Es una disertación retórica y hasta elocuente. «La inmor- talidad nos encanta», dice con encantadora senci- llez. Oídle: «Y este deseo inmenso que vuela á través de los siglos, que se dilata por las profun- didades de la eternidad, que nos consuela en el infortunio y nos alienta en el abatimiento; este deseo que levanta nuestros ojos hacia un nuevo mundo, y nos inspira desdén por lo perecedero, ¿sólo se nos habría dado como una bella ilusión, como una mentira cruel, para dormirnos en brazos de la muerte y no despertar jamás? No, esto no es posible: esto contradice á la bondad y sabiduría de Dios; esto conduciría á negar la Providencia, y de aquí el ateísmo».
Ved en este párrafo, que no carece de una cier- ta elocuencia vulgar y de lugares comunes — los propios del sentido común — el instinto sustituí- do á la razón para servir á las necesidades prácti- cas del orden moral. Se busca consuelo más que verdad.
El hombre, al tratar de esto, se exalta. «¿Quién nos mece con tantas esperanzas si no hay para
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nosotros otro destino que la lobreguez de la tum- ba? ¡Ay, qué trite fuera entonces el haber visto la luz del día, y el sol inflamando el firmamento, y la luna despidiendo su luz plácida y tranquila, y las estrellas tachonando la bóveda celeste como los blandones de un inmenso festín; si al deshacer- se nuestra frágil organización no hay para nos- otros nada, y se nos echa de este sublime espec- táculo para arrojarnos á un abismo donde durma- mos para siempre!... Entonces el mundo no sería una belleza, no el «cosmos» de los antiguos, sino el caos: una especie de fragua donde se elabora en confusa mezcla Jos placeres y los dolores; don- de un ímpetu ciego lo lleva todo en revuelto tor- bellino; donde se han reservado para el ser más noble, para el ser inteligente y libre, mayor cú- mulo de males, sin compensación ninguna; donde se han reunido en síntesis todas las contradiccio- nes: deseo de luz y eternas tinieblas; expansión ilimitada y silencio eterno; apego á la vida y muer- te absoluta; amor al bien, á lo bello, á Jo grande y el destino á la nada; esperanzas sin fin y por dicha final un puñado de polvo dispersado por el viento». Y acaba estas nobles páginas últi- mas de su ética, henchidas de la elocuencia del sentido común, diciéndonos que la existencia de otra vida la enseña la razón — lo que es dudo- so— nos lo dice el corazón — lo que es muy cier- to— lo manifiesta la sana filosofía — ¿cuál es la sana? — lo proclama la religión, y así lo ha creí- do siempre el género humano. Esto último, que debe de ser lo de más fuerza para un filósofo de
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sentido común, es algo que la historia desmiente, ¡Pero con qué íntima y recogida emoción, con qué palpitaciones de corazón y de espíritu leía yo estas elocuentes consolaciones allá, en los melan- cólicos albores de mi mocedad, en este mismo cuarto en que ahora escribo estas líneas!
LA VERTICAL DE LE DANTEC
Libro más divertidamente cómico y á la vez más representativo que éste de Félix Le Dantec, en- cargado de cursos en la Sorbona, sobre el ateísmo — «L'Athéisme» — , no espero poder volver á leer- lo en mucho tiempo.
Y no es que me escandalice el ateísmo del se- ñor Le Dantec; ¡muy lejos de eso! Es muy libre de ser ateo y allá Dios se las entienda con él. Ni voy á hablar de su ateísmo, que es como el ateís- mo de otra porción de ateos; y muy respetable sin duda. Voy á hablar del cientificismo de este for- midable biólogo señor Le Dantec, á quien no le faltan — ¡y cómo habían de faltarle! — admirado- res. Pero dejemos los juicios para después de nues- tro examen.
Empecé á leer este libro para distraerme y ma- tar el rato. Todo iba bien mientras el autor nos explica cómo él es ateo y no puede menos de serlo y lo es de nacimiento, casi ab ovo, por una espe cié de determinismo biológico. Lo cual es muy ameno, y no sé si discutible. Pero hete aquí, que
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al llegar á la página 27 , me encuentro con este párrafo:
«Descartes, que era matemático, sabía, sin em- bargo, que ciertas cantidades pueden crecer inde- finidamente sin pasar jamás de un límite dado, ó si se prefiere, que ciertas curvas tienen una asín- tota (asymptota) horizontal.» ¡Asíntota horizon- tal!— me dije. Creía no leer bien. ¡Asíntota hori- zontal!
Invito á cuantos sepan matemáticas á que me indiquen en qué se diferencia una asíntota hori- zontal de una vertical ó que viene de sesgo. Sin duda alguna, el libro en que el formidable señor Le Dantec estudió geometría analítica tenía pin- tada alguna rama de hipérbole con su asíntota re- presentando la horizontal respecto á la posición en que se coloca un lector. No tenía sino haber dado un cuarto de vuelta al libro y hete ya la misma asíntota representada vertical.
Pero lo divertido no es esto. Lo divertido es que este publicista de biología, profesor de la Sorbo- na, formidable ateo y más formidable cientificista — lo cual no quiere decir hombre de ciencia, ni mucho menos — , ignora, así, ignora que las nocio- nes de horizontalidad y verticalidad, así como las de arriba, abajo, delante, detrás, á la derecha y á la izquierda, no son nociones geométricas ni de ellas se necesita en geometría. Son nociones que más bien podrían llamarse fisiológicas; dicen rela- ción al espectador. Cualquier chiquillo, aunque no sea biólogo ni ateo ni determinista ni haya estu- diado en la Sorbona, sabe que aquello que teñe-
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mos ahora á la derecha, con sólo dar media vuel- ta, se nos pone á la izqaierda.
«¡Pues si es precisamente lo que luego dice Le Dantec!» — exclamaría algún lector que le haya leído. Y yo le replico: no, no es eso lo que dice. El señor Le Dantec supone al vulgo de los morta- les unas nociones que no posee; el señor Le Dan- tec es uno de esos pedantes que andan diciendo que el frío no existe. Vamos á verlo.
«¿Diréis que el color existe, que existe el soni- do?», pregunta el ateo. Y yo respondo: claro que sí, pues que veo el uno y oigo el otro. Y me con- testa: «Os responderé que el color resulta del en- cuentro de ciertas condiciones ambiantes y de un ser vivo capaz de ser impresionado, pero que es preciso que haya dos factores para que el color exista, á saber: un estado particular de lo que los físicos llaman el éter 3 un hombre que vea. Ahora bien, tenemos una idea tan absoluta del color que no podemos imaginar al color como no existente, aun cuando todos los seres vivos se destruyeran.» ¿Puede darse superficialidad más ramplona? Llá- mele usted á la causa objetiva ó externa del color como usted quiera, y crea usted en el éter más que en lo que ve, ó en Dios, siendo así que el éter es, por lo menos, tan hipotético como Éste, siem- pre resultará que la sensación existe y que la tal sensación es tan real, y hasta tan objetiva, como el supuesto éter. ¿O es que yo no soy objeto y no es objeto lo que en mí pasa? Y como si los seres vivos se destruyeran, podría continuar esa causa continuaría el color. Otra cosa equivaldría á afir-
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mar que, destruida — si es que su total y absoluta destrucción cabe, cosa que no lo sé — la concien- cia, se destruiría todo lo que en ella se refleja. ¿Quién sabe cómo es la realidad exterior, en sí» fuera y aparte de nuestra representación de ella? El formidable biólogo ateo no ha pasado por Kant; su cientificismo es de lo más infilosófico, es decir, de lo más grosero que cabe.
La tontería — porque no es más que una tonte- ría— es del mismo género que aquella otra de que el frío no existe y parte de la gratuita suposición de que el vulgo cree que el frío es una cosa objeti- va, independiente en absoluto de nosotros, y opuesta á otra cosa que se llama calor. Y no hay tal cosa. El vulgo — es decir, el vulgo no cientifi cista y no ateo — no supone nada de eso. Se limita á decir que hace frío cuando lo siente y cuando siente calor á decir que lo hace; y tiene razón, y no hay que calumniar al vulgo. ¿Que el frío resul- ta de una diminución en tales ó cuales movimien- tos moleculares ó como sea? Bien; lo mismo da. Es como si yo dijese que el hielo no existe; que no es más que agua congelada. Pero hay que seguir con Le Dantec, porque ahora viene lo bueno.
Ahora entra en su incomparable ejemplo de la vertical. ;Oído á la caja! Habla de la vertical abso- luta. ¿Absoluta? ¿qué es esto? Yo no lo sé , y creo que Le Dantec tampoco. Veamos primero: ¿á qué llamamos vertical? Llamamos vertical á la línea de la plomada, á la de un grave cuando cae. No es, pues, una noción geométrica, sino física, ó más bien fisiológica. La vertical dice relación á la po-
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sición normal del espectador, cuando está de pie. Es una cosa que se siente. Y llamamos todos ver- tical á la trayectoria de un grave que cae sin obs- táculo, y á todas las que íe sean paralelas en el espacio. Ni más ni menos. Volvamos á Le Dantec.
«Tengo laidea innata de esta vertical», nos dice. ¿Innata? Luego este formidable biólogo cree en las ideas innatas. Bueno es saberlo. Pero, ¿qué enten- derá por idea innata? El mismo prevé la dificultad, y nos dice que si no queremos disputar sobre esto, si esa idea no le es innata, esto es, si no le vie- ne por herencia de un error ancestral largamente acreditado, ha nacido en él, naturalmente, por la constatación errónea de la superficie plana de la Tierra. ¡Qué de cosas, Dios mío! (Perdón por ha- ber invocado á Dios en este caso.) ¿Qué tendrá que ver la noción de verticalidad con si la Tierra es plana ó es redonda? El bueno de Le Dantec cree, sin duda, que para las gentes la noción de verticalidad viene de la de horizontalidad, que es- timamos ser vertical la perpendicular á un plano horizontal. ¡Pedantería, pedantería, pedantería!
Sea redonda, como parece ser que es, sea plana la Tierra, siempre será para cada uno de nosotros vertical la línea de la plomada y siempre serán horizontales el plano y las líneas de este plano perpendiculares á la vertical ó que con él forman ángulo recto, siempre será horizontal todo plano, como el de una mesa de billar, donde el nivel lo señale. Y ese plano horizontal es un plano ideal. El plano ideal del mar, el que formaría si estuvie
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se en perfecta y absoluta calma, es el de una su- perficie curva, convenido; pero tenemos, no ya sólo la noción, sino el sentimiento de una super- ficie plana, tangente al punto de la curva terres- tre en que nos hallamos, y á esto le llamamos horizontal.
Y ello es tan real y tan objetivo como cualquier noción rigurosamente geométrica.
«Tal vez hay gentes — escribe el formidable biólogo — que no conciben vertical la absoluta, como hay ateos » Pero si la vertical se siente, se- ñor Le Dantec, ¡se siente'
Y Dios también se siente. Lo que hay es que el señor Le Dantec, ni sabe bien lo que es una ver- tical, ni menos sabe lo que es Dios. Porque esto es lo que de su libro resulta; que no tiene la más remota idea de qué es lo que llamamos Dios mu- chos de los que en El todavía creemos.
«Ahora bien — prosigue — la idea de la vertical absoluta es matemáticamente absurda; hay tantas verticales como puntos hay en la superficie de la Tierra...» ¡Evidente! Para cada observador hay su vertical, y todas las líneas, que son infinitas, á ella paralelas. ¿Y por eso no es absoluta? ¿Qué es eso de absoluto? Por ese procedimiento me com- prometo á demostrarle que nada real es absoluto. Todo es, pues, relativo. Convenido; pero, ¿y la relatividad misma, no es también relativa? ¿No es- tamos, llevados por estos cientificistas pedantes, jugando con las palabras?
Pero lo gordo es lo que sigue á los puntos sus- pensivos que dejé arriba, y es esto; «La (vertical)
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de mi antípoda es contraria de la mía.» ¡Estu- pendo! El formidable biólogo divide las verticales, á lo que parece, en verticales que van de arriba abajo y verticales que van de abajo arriba. Ya lo sé para en adelante, gracias á este amenísimo ateo; tengo en mi casa dos escaleras contrarias , aque- llas por las que bajo y aquellas otras por las que subo. A lo cual podrá decirme cualquier Le Dan- tec de aun menor cuantía, que la escalera de mi casa es algo real, concreto, tangible y visible, mientras que la vertical ó línea trayectoria de un grave que cae sin obstáculo, no es sino una línea ideal. Tanto más en mi favor. El grave cae de arriba abajo, claro está; pero la línea ideal que recorre, ni cae ni sube, ni va de arriba abajo, ni de abajo arriba.
Casi me da vergüenza, lectores míos, de entrar en estas explicaciones, y no lo haría si no supiese los estragos que hace el cientificismo, sobre todo en los que no tienen una sólida educación cientí- fica y en los que no han disciplinado su mente con una seria y austera filosofía, con aquella filosofía perenne de que habló, creo que Leibnitz, y viene viviendo y acrecentándose, juntamente con la idea de Dios, á través de los siglos. Y da pena ver gentes que hurtan su espíritu á las fecundas fati- gas del trato con esa filosofía perenne, y se pren- dan de cualquier pincha-ranas que nos hable de asíntotas horizontales y no más que porque va contra Dios y contra las más seculares y proba- das concepciones humanas. Al tan famoso odium theologicum hay un odium antitheologicum ó
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contratheologicum que se le contrapone. Pero volvamos á Le Dantec.
El cual dice más adelante, en la pág. 31: «Aun admitiendo que se pudiera demostrar que no hay Dios, como se ha demostrado que no hay vertical absoluta...» Y esto se me aparece como lo que suelen hacer los predicadores jesuítas — especie de Le Dan tees de la otra banda, — después que disparan un argumento, y es que añaden: «Que- da, pues, evidentemente demostrado que, etc.», por si acaso el oyente no lo había advertido. Lo mismo que el pintor famoso que puso al pie de un bicharrajo mal perjeñado: Esto es un gallo.
Me he propuesto no seguir al formidable biólo- go descubridor de las asíntotas horizontales en su tesis central de ateísmo. ¿Para qué, si empiezo por decir que el señor Le Dantec no tiene apenas idea de qué es lo que entienden por Dios los creyentes ilustrados? Con que hubiera dicho: «no sé qué es eso de Dios» y ello es verdad que no lo sabe, se habría ahorrado todo el libro. El formidable bió- lo no sabe qué es Dios, pero sabe en cambio que «la conciencia moral está más desarrollada en las abejas ó en las hormigas que entre los hombres, á juzgar cuando menos por el orden perfecto de su vida social» (pág. 34). Cuéntase que oyendo un discípulo de Plinio decir á éste que el elefante ve crecer la yerba, exclamó: ó Plinio ha sido elefante ó algún elefante se lo ha contado á Plinio. Y este formidable Le Dantec que del orden perfecto (¿?) de la vida social de las abejas y las hormigas de- duce que tienen una conciencia moral más des-
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arrollada que la del hombre como de los movi- mientos de los planetas, podría deducir que éstos conocen las leyes de Copérnico; este mismo des- cubridor de las dos verticales, la que baja y la que sube, nos dice poco más adelante (pág. 56) que sus hermanos creyentes «rehusan á las hormigas, que son tan pequeñas, la idea misma de Dios.» ¿A quién se le ocurre ni rehusar ni atribuir á las hor migas ni esa ni otra idea alguna? Pero de estas imputaciones gratuitas está lleno el libro del ho- rizontal biólogo, que se finge unos creyentes fan tásticos ó sólo tiene en cuenta los pobres aldeanos Cándidos é ignorantes de su nativa Bretaña. (Tie ne buen cuidado en decirnos que es bretón, pai- sano de Chateaubriand, de Lamennais, de Re- nán...)
¡Qué idea tiene de los creyentes! «Orar es la más importante ocupación de los creyentes», nos dice poco después, y hace seguir á esta formida- ble afirmación unas líneas en que demuestra igno- rar qué es y qué significa la oración para los cre- yentes que no sean los aldeanos sus coterráneos sobre cuya mentalidad no le ha elevado su biolo- gía toda.
Y más vale dejar todo lo que sigue y entre ello lo de qae ño cree que el tigre tenga la idea de Dios y otras amenidades del mismo calibre ¿Para qué seguir?
Pues de estos formidables cientificistas están hoy llenas nuestras bibliotecas económicas y de avulgaramiento. No hace mucho que en un ar- tículo, largo como suyo, nos hacía saber el señor
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Moróte que no existen ni la idea del tiempo ni la del frío, que son... ¡anticientíficas! Y como no es de creer que nuestro fecundo publicista quisiese decir lo que dijo, esto es, que no existen las «ideas» de tiempo y de frío, pues que de ellos ha- blamos, habrá querido decir, supongo, que no exis- ten ni el frío ni el tiempo, lo cual es más ameno y más «ledantequesco» todavía. Ya Marinetti, el fu- turista, mató no hace mucho, en un célebre ma- nifiesto— amenísimo también — al tiempo y al espa- cio, diciendo así: ¡Ayer murieron el tiempo y el espacio! Con que ahora maten á la lógica ya que- damos libres de los tres tiranos del espíritu, pues eso de que no pueda uno estar á la vez en todas partes, que no pueda vivir á la vez ayer, hoy y mañana, y que no pueda sacar de un principio la conclusión que más le agrade, es decir, que no podamos ser infinitos, eternos y absolutamente li- bres, es bien fuerte cosa. Pero no, á la lógica no pueden matarla, y por bien clara razón.
¿Todo esto es sólo ameno y ridículo!5 No: todo esto es triste, muy triste. Debajo de ese cientificis- mo nada científico, debajo de toda esa gárrula y ramplona pedantería asoma bien claro el odiitm antitheologicum > no menos dañino que el odium theologicum, y, en realidad, la misma cosa que él.
Con esas patochadas con disfraz de ciencia se está envenenando á pobres espíritus ansiosos de saber y halagando malas pasiones. Y todos esos biólogos horizontales, ya sea Le Dantec, ya sea Haeckel — que aunque algo más serio tampoco lo es mucho ni menos ignorante de lo que trata de
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combatir, como puede verse por su archisuperficial libro sobre Los Enigmas del Universo — forman una especie de asociación ó masonería internado nal, con aduanas en las fronteras, se traducen y celebran los unos á los otros y prentenden ceirar el paso al conocimiento de los pensadores serios y bien intencionados, libres de sectarismos y de ra- bias— sea la rabia teológica ó sea la antiteológica — á los filósofos que se adhieren á la filosofía pe- renne. Y así hay quien se extasía con Haeckel y apenas si conoce á Darwin, y admira á Le Dantec sin haber estudiado debidamente á Claudio Ber- nard. Verdad es que ni Darwin ni Claudio Bernard se propusieron nunca, que yo sepa, demostrar que no hay Dios ó que le hay.
Estos cientificistas metidos á filósofos y teólo- gos— ó antiteóiogos, que es igual — están haciendo un vulgo cientificista y horizontal, más vulgo aún que el otro. Porque el vulgo sencillo y á la bue- na de Dios dice que hace frío cuando le siente y que se va el tiempo, y no se mete en filosofías res- pecto á lo que sean ó no sean objetivamente el frío y el tiempo, mientras que el otro vulgo, el vulgo adulterado por malas lecturas pésimamente digeridas, cree creer en el éter más que en sus propias sensaciones y se traga cualquier cosaza, más ó menos horizontal, de cualquier biólogo con tal que confirme sus prejuicios y sus supersticio- nes, tanto ó más supersticiosas que las del otro vulgo y sin la disculpa de las de éste.
j.Y qué Cándido es este vulgo adulterado por el cientificismo! De vez en cuando recibo alguna
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carta de algún incógnito lector cientificista en que me dispara, empleando tal vez para ello una do- cena de pliegos, los más resobados y asenderea- dos lugares comunes de la ciencia y la filosofía más baratas. «No es posible que este señor piense así y diga estas cosas si no porque ignora todo esto», deben de pensar. Porque hay personas tan candorosas , que cuando se encuentran con al- guien que no piensa como ellos en un punto dado, suponen que es porque no tiene los datos y cono- cimientos que tienen ellos sobre el tal punto y no se les pasa por las mientes la idea de que acaso tenga todos esos datos y conocimientos y otros más. Y si llegan á sospechar tal cosa, al punto le piden á uno que les ilustre, como si fuese posible dar todo un curso. El teorema 121 se apoya en el 120, éste en el anterior y así sucesivamente, y hay veces en que habría que explicar los 120 teore- mas. Y hay quienes escriben obras doctrinales de conjunto y hay quienes hacemos ensayos sueltos, más para suscitar y sugerir problemas que para desarrollarlos.
Y conviene decir, por conclusión, que si hay una biología, y una fisiología, y una geometría, y una sociología, hay también una teología, tan ciencia en su método como otra cualquiera. Y que tan absurdo es que un Le Dantec cualquiera se meta á escribir del ateísmo sin haber saludado la teología, como que un teólogo se meta á hablar del plasma germinativo ó de la herencia biológica sin haber saludado la biología
Ocasiones sobradas tendré, por desgracia, de
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volver sobre este mismo tema, uno de mis favori tos. Y los horizontales todos, biólogos y no biólo- gos, quedan libres de decir que no soy más que un redomado retrógrado, un jesuíta disfrazado. ¡Como ellos saben lo que piensan las hormigas!...
EL ROUSSEAU DE LEMAITRE
Acabo de leer, y con grandísimo interés por cierto, las diez conferencias que dedicó, creo que en la Sorbona, Julio Lemaítre á Juan Jacobo Rous- seau (Jules Lemaítre, Jean Jacques Rousseau. París, Calmann-Lévy).
Sabido es que las tales conferencias tuvieron un gran éxito, y que han dado lugar á no pocas polémicas.
En el fondo, las tales conferencias han tenido tanto de político como de literario, y han sido un acto más de la reacción discreta y razonada con- tra los últimos excesos del jacobinismo francés.
Debo declarar que me es muy poco simpático este jacobinismo, y que pareciéndome muy bien la labor de un Combes, un Waldeck-Rousseau y hasta la de un Clemenceau, me causan pena de- claraciones como las que lanzó desde la tribuna el ministro Viviani, jactándose de que se le hubiera arrancado al pueblo la fe en otra vida ultraterrena.
Pero si el dogmatismo racionalista, la ridicula fe en que la Ciencia y la Razón bastan y la falta de espiritualidad del jacobinismo me son poco sim-
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páticos, no me lo es más el conservadorismo ar- chidiscreto y el escepticismo elegante del neoca- tolicismo literario francés. Me repugnan esos ca- tólicos volterianos y nacionalistas que defienden el catolicismo porque va ligado á las grandes figu- ras de la literatura francesa, y sobre todo, porque el protestantismo les parece germánico. No creo posible mayor mezquidad de punto de vista.
He querido siempre á Rousseau; le he querido tanto cuanto me ha sido odioso Voltaire. He que- rido siempre al padre del romanticismo, y le he querido por sus virtudes evidentes y hasta por sus más evidentes flaquezas; he querido siempre á esa pobre alma atormentada, que á pesar de profesar, por defensa propia, el optimismo, es el padre del pesimismo. Y en esto no se para Lemaitre, ni me parece haber visto bien que á pesar de las apa- riencias, Rousseau, el padre espiritual de Ober- mann, fué siempre un sombrío pesimista, un ne- gad or del valor de la vida.
Lemaitre juzga á Rousseau con gran severidad, hasta con dureza, y le carga en cuenta casi todos los que él estima males que han asolado á Fran- cia. Y en el fondo, ¿sabéis cuál es la acusación principal que contra él dirige? La de ser extranje ro. No lo dice expresamente así más que dos ó tres veces; pero se lee entrelineas.
« Esta sinrazón — dice en la conferencia déci- ma— esta subordinación total del juicio á la sen- sibilidad, le coloca en un lugar único en nuestra literatura. Comparadle, no digo con los grandes escritores del siglo xvn, sino con Voltaire, con
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Montesquieu, con Buffón, hasta con el aventuroso Diderot. i Qué sensatos se os aparecerán! ¿Por qué no decirlo? Innumerables páginas de Rous- seau desbordan de un absurdo ingenuamente in- solente. Os he hecho ya notar que sus más decidi- dos partidarios se ven á menudo obligados á inter pretarlo y á confesar que lo interpretan; no hay que considerar, dicen, lo que dice, sino lo que ha querido significar, y que es profundo ó sublime. Ahora bien: Rousseau es el único de nuestros clá- sicos (si es que puede dársele este nombre) que necesite de una interpretación tan complaciente y tan radicalmente trasformadora del texto. Los demás pueden engañarse; dicen lo que dicen y no otra cosa. Entre sus audacias ó sus caprichos les queda su razón. Se mantienen en la tradición fran cesa. Rousseau,- este interruptor de tradiciones; Rousseau, este extranjero, inserta en nuestra his- toria literaria un fenómeno, un monstruo.»
Y más adelante, al final de su última conferen- cia, dice: «He adorado el romanticismo, he creído en la Revolución. Y ahora pienso con inquietud que el hombre que no sólo ciertamente, pero más que nadie, creo, resulta haber hecho ó preparado entre nosotros la Revolución y el romanticismo fué un extranjero, un perpetuo enfermo, y por úl- timo, un loco. »
¡Un extranjero! He aquí el mayor delito para este francés francisante Un extranjero, es decir, i un bárbaro! Y, además, un loco. Y un loco en cuanto extranjero.
¿Qué? ¿Os choca esto último que digo? Pues oid
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al mismo Lcmaitre, que os dice que las partes más sanas de Rousseau son aquellas en que hubiera reconocido á sus abuelos parisienses y católicos. Es decir, que la locura de Rousseau le venía de lo que tenía de no francés. Sabido es, en efecto, que la razón es un privilegio de la raza francesa — M. Pierre Lassere os dirá que es privilegio del francés ser entusiasta sin hacer el primo, sin ser «dupe» — y que los demás pueblos no gozan de ella sino en cuanto se dejan influir por el espíritu francés.
Y estos hombre-, henchidos de la más ridicula petulancia colectiva, petulancia que se nutre de la ignorancia de los demás y hasta de la incapaci- dad de comprenderlos; estos hombres nos habla- rán del orgullo de Juan Jacobo.
M. Lemaitre se cuida del lugar que Rousseau ocupa en la literatura francesa y duda de si puede ó no llamársele un clásico de ella; pero no se le ocurre pensar cuál sea su lugar en la literatura universal, y si es posible que signifiquen muy poco ó no signifiquen nada en ello tal ó cual clásico francés, su Bossuet, verbigracia, que á los no fran- ceses nos resulta sencillamente insoportable.
Al final de su sétima conferencia dice Lemai- tre: «Pues este hombre, que ha escrito él solo más tonterías, mucho más que todos los demás grandes clásicos juntos, es también el que ha abierto á la literatura y al sentimiento más caminos nuevos...» Y es natural. Leed entre los maravillosos ensayos de William James («The will to believe and other essys») el titulado Los grandes hombres y su am-
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tiente («Great raen and their environment»), y veréis cómo os explica que la absurda física de Aristóteles y su lógica inmortal, fluyen de la misma fuente. En cambio, no he encontrado ni una sola tontería en las diez conferencias de Lemaitre; pero, en cambio, tampoco me ha abierto una sola senda y no me ha servido más que para admirar- me de cómo el «bon sens» puede ahogar tocio pro- fundo sentido de comprensión íntima.
En otro pasaje nos dice que sí, que Roseau es- taba loco, sin duda, y en seguida añade con su buen sentido habitual: «¡Y cuántos hombres no lo estarían á nuestros ojos, Dios mío, si los cono- ciéramos, si escribieran libros y si entre su desva- río tuvieran algún genio!» Y he aquí por qué no se le puede conocer á Lamaitre su locura: porque no tiene ni un átomo de genialidad.
Leéis las diez conferencias, rebosantes de «bon sens¿, y no podéis por menos de ir diciendo: ¡es verdad, tiene razón este señor profesor!; pero al concluirlas y traer á vuestra memoria al Rousseau de vuestros años juveniles, exclamáis: «¡e pur si muove!»
Cuando Lemaitre quiere explicarse cómo Rous- seau, á pesar de sus contradicciones, de sus para- dojas, de sus absurdos, despertó el entusiasmo de tantos y llegó á ser un ídolo como no pudo serlo el antipático y razonable Voltaire; cuando ve todo esto no se le ocurre sino acudir á la estupidez, á lá «bétise» humana, que no se entusiasma ni con Bossuet ni con Augusto Comte, que parecen ser dos de Los santones de Lemaitre y sus congéne-
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res. Y esto de la «bétise», ó ele la estupidez, es una explicación de una profundidad inaudita ; es una explicación sencillamente «béte».
¡Pobre Rouseau! En el fondo de los ataques que á este protestante ginebrino dirige el profesor pa- risiense y catolizante — no me atrevo á llamarlo católico, — no hay sino un horror ála pasión y un culto á la razón. Aunque el buen hombre proteste de lo primero y nos quiera hacer ver que la sen- sibilidad no es la sensiblería romántica, ni la pa- sión el desenfreno.
Siempre en el seno del catolicismo ha habido dos tendencias. Una, la genuinamente religiosa, la cristiana, la mística si se quiere, la no perverti- da por el moralismo mundano, la que floreció en los jansenistas, en Francia — en aquellos nobles, profundos y santos jansenistas, — la que muestra el lado por donde el catolicismo puede entenderse y concordarse con las demás confesiones cristianas, y de otra parte la tendencia política, la específica- mente católica, la escéptica. Los católicos de la primera tendencia han sentido simpatía por Rous- seau, aun deplorando los que estiman sus horrores y aversión á Voltaire, mientras que los católicos de la segunda tendencia han temido á Rousseau y se han recreado con las «polissoneries» de Voltaire.
M. Lemaitre p^re:e acercarse á este segundo y horrendo catolicismo volteriano, resucitado por motivos políticos, y sobre todo por francesismo, á este catolicismo nacionalista que es la ruina de toda verdadera piedad. Y este catolicismo se está poniendo en moda en Francia.
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Cuando hace poco, en respuesta á la «enquéte» que ha abierto el Mercure de France sobre si asis- timos á una disolución ó á una evolución de la idea y del sentimiento religioso, vi que el poeta Fran- cis Jammes contestaba: «Asistimos á la disolución de todo lo que no es el catolicismo», no se me ocurrió sino exclamar: «farceur! poseur»! Y en el mismo número— en el cual iba también mi respues- ta— contestaba Lemaitre: «Confieso que no sé nada de ello». Lo cual puede ser verdad y puede ser «pose» de escepticismo.
Por supuesto, á pesar de estos «dilettanti» de catolicismo y de estos execradores del romanticis- mo y de la Revolución, la obra del «affaire», la obra de la separación de la iglesia y del Estado, la obra de la Revolución, en fin, sigue, Y en esa obra alienta el espíritu del ginebrino, del descen- diente espiritual de la Reforma, y á esa obra han contribuido los hijos de la Reforma, esa animosa y austera minoría de nietos de hugonotes que son la sal del espíritu religioso francés. Y es de esperar que salvarán á Francia del catolicismo escéptico y del racionalismo agnóstico y que Francia será cristiana.
La lectura del «Rousseau» de Lemaitre, la lec- tura de «Le romantisme francais» de Lasserre, que Lemaitre recomienda, me han llenado el ánimo de tristeza y de irritación; de tanta tristeza y tanta irritación como me llena la lectura de cualquiera de los libros de Jules de Gaultier ó de otro de la secta. Es el nihilismo católico que avanza, y un ni- hilismo frío, seco, raciocinante. La suprema preo-
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capación de estos desdichados parece no ser «du- pes», no dejarse coger de primos.
Y me acuerdo de nuestro Don Quijote, de aquel glorioso Caballero de la Fe, honrosísimo blanco de todas las burlas, ludibrio de las gentes todas y á quien un niño podía engañar, de aquel prodigio de valor que supo arrostrar impávido el ridículo.
Cuando el temor de hacer el ridículo se apode- ra de un individuo ó de un pueblo están perdidos para toda acción heroica.
Pilatos quiso hacer un saínete del juicio de Je- sús de Nazaret y convertir su pasión en farsa, le puso cetro de caña y manto y le presentó al pue- blo, diciéndole: «¡He aquí el hombre!» Pero el pue blo necesitaba tragedia, y aulló: «¡Crucifícale!» Y Pilatos es hoy la execración de las gentes.
Las conferencias de Lemaitre están henchidas de ironías fáciles, pero no hay en ellas un sólo acento de profunda indignación ó de profunda pie- dad, de odio verdadero ó de verdadero amor. Y se ve desde luego que el buen señor es capaz de todo menos de sentir á Rousseau, el extranjero.
¡El extranjero! Sí, el extranjero fué el principal promotor de la Revolución. Y así sucede siempre, la vida nos viene de fuera. Incluso á los fran- ceses.
ROUSSEAU, VOLTAIRE Y NIETZSCHE
Las conferencias de M. Lemaitre sobre Rous- seau, de que ya aquí mismo tengo tratado, y el libro de M. Lasserre sobre el romanticismo fran- cés, han tenido la virtud de poner una vez más poco menos que de moda entre ciertos intelectua- les al inagotable ginebrino.
Todos cuantos aman el recuerdo de Rousseau, reconocen que no están destituidos de fundamento los reproches que se le dirigen, pero creen, por otra parte, que no es la buena fe la que de ordi- nario los dicta. Y esto es claro en el caso de Le- maitre.
En el número del Mercare de France, corres- pondiente al 15 de este mes de Junio, acabo de leer un trabajo de Luis Dumur sobre los detracto- res de Juan Jacobo, y en él encuentro, como no podía menos de ser, no pocos de los puntos de vista que indiqué en la correspondencia que al mismo asunto dediqué en estas columnas. M. Du- mur hace hincapié en el hecho de que los detrac- tores franceses de Rousseau le echan en cara,
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sobre todo, el haber sido suizo y no francés, y protestante y no católico de origen.
Por lo que al primer punto respecta, hace notar M. Dumur que el francés es un producto del cru- zamiento de un celta, un romano y un germano, y que el ginebrino es un producto análogo, descen- diente de una tribu celta (los alóbrogos), de una colonia romana y de un pueblo germano (los bur- gundos). Añade que, por el contrario, un bearnés, un bretón, un provenzal y hasta un gascón, no tiene esta triple ascendencia, entrando en ellos razas desconocidas al resto de Francia, como son los ligures, los íberos, los griegos y los fenicios, y que son mucho menos franceses que un ginebri- no, un valdense ó un walón.
He aquí una cuestión delicadísima, como todas las que se refieren á etnología. En cuanto se habla de razas y sangres, y de su pureza ó su mezcla, reclamo siempre en mi ayuda todo el repuesto de escepticismo que en mí puede haber. Rara vez se fundan en verdadera ciencia las consideraciones que de la raza se sacan, siendo casi siempre con- sideraciones basadas en pasión. Creo que en pocas cosas tenemos el camino más expedito que lo te- nemos en cuestiones de razas, porque aquí pode- mos estar seguros de una cosa, y es de que no se sabe nada de cierto. Y no es poco sab.er. En el caso de Rousseau, sin embargo, se sabe que des- cendía de una familia parisiense.
Acostumbro sustituir la consideración de la raza con la de la lengua, porque si es difícil, acaso imposible, determinar la raza á que un europeo
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pertenezca, es una cosa facilísima la de averiguar en qué lengua piensa. Y la lengua es, he de repe- tirlo una vez más, la sangre del alma, el vehículo de las ideas, y Rousseau pensaba y se expresaba en francés correcto y genuino.
En cuanto á lo de haber sido protestante. M. Du- mur se revuelve contra la especie de que la Re- forma no fuera francesa y hace notar cómo eran franceses cuantos llevaron el protestantismo á Gi- nebra, exceptouno. Francés fué el primero: Farrel; francés fué Froment, y francés fué sobre todo, el gran Calvino, una de las cabezas de la Reforma. Y Calvino, como hace notar muy bien M. Dumur, fué uno de los franceses más franceses, con todas las cualidades que distinguen á la inteligencia y al temperamento franceses. Francés fué aquel picar- do de espíritu claro, lógico, artista, aquel dialécti- co y aquel organizador, aquel político admirable y admirable escritor «que renovó la lengua con la misma maestría con que renovó la teología» y ciertamente, su libro de la «Institución» es, á la vez que un monumento á la teología cristiana, un monumento de la lengua francesa.
Esto que sucede en Francia, en que unos cuan- tos señores que se han declarado católicos — cató- licos volterianos que no creen en Dios ni el Dia- blo— por «chauvinisme» ó patriotería, por france- sismo, por estimar que lo protestante es germáni- co y antilatino, esto mismo sucede, aunque en me- nor escala, también en España. Pues en España también hay quienes maldicen del protestantismo, no por lo que tenga de heterodoxo, desde el pun-
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to de vista de la iglesia católica romana, sino por lo que dicen que tiene de no español, de exótico, de extranjerizante. Y si en Francia el protestantismo tiene una tradición nobilísima — recuérdese á Cal- vino, á Coligny, á Guizot, á tantos otros — no deja de tenerla también en España. Yo creo que nues- tros místicos españoles del siglo XVI preludiaron una verdadera Reforma española, indígena y pro- pia, que fué ahogada en germen luego por la in- quisición.
Claro está que al hablar así del protestantismo no me refiero á ese protestantismo de secta y de capilla abierta, con sus pastores á sueldo de cual- quier sociedad más ó menos bíblica. Los adheren- tes de este protestantismo suelen ser, entre nos- otros, más fanáticos y más estrechos de criterio que los católicos. Acostumbran negar el dictado de cristianos á los que, como los unitarianos, no admiten la divinidad de Jesucristo, y en punto á la autenticidad de los libros sagrados llegan á extre- mos verdaderamente ridículos Están tan cerrados como los católicos, si es que no más, á las conse- cuencias obtenidas por la exégesis verdaderamen- te científica y por los trabajos bíblicos que han ilustrado hombres como Baur, Strauss, Harnack, Holtzmann, etc.
Pero , dejemos esto y volvamos á Rousseau.
Es un hecho que á los ojos de esos neocatólicos literarios franceses de la laya de los Coupée, Ba- rrés, Maurras, Lemaítre, etc., halla Voltaire mu- cha más gracia que Rousseau. Y en el fondo, el ca- tolicismo de los intelectualistas modernos es de
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fondo volteriano, esto es, conservador. Entre nos- otros mismos, aquí en España, el catolicismo polí- tico de los moderados y conservadores — de un Moyano ó un Cánovas del Castillo — fué un catoli- cismo volteriano.
A este respecto creo conveniente trasladar aquí lo que el gran Carducci escribía en su estudio so- bre el Dante, Petrarca y Boccaccio. Escribía así:
«Considerando, por vía de parangón, cuál fuese el poder de Petrarca en su tiempo y cuál la dife- rencia entre su ingenio y el del Dante, veremos que el paso dado por Boccaccio no estaba exento de riesgos y dificultades. Imaginaos que D'Alem- bert, en vez de soplar el fuego de la discordia en- tre los dos hombres más grandes del siglo xvill, hubiese escrito á Voltaire para animarlo, dejando de lado sarcasmos, á que admirase y alabase á Juan Jacobo; que Melanchthon hubiese escrito algo parecido á Erasmo cuando éste rompió con Lute- ro, espantándose su elegancia por la dura audacia del fraile. Imaginaos algo de esto, lectores, y fi- guraos las respuestas que probablemente habrían recibido. Verdad es que Dante había muerto y el Petrarca no era culpable, si es que lo era, más que de silencio. Sin embargo, la respuesta de Petrar- ca es tal, que parecería yo injusto al dudar de que Erasmo y Voltaire la hubieran hecho igual en se- mejante caso. Pero, antes de leerla, entendámo- nos un poco, si os agrada. Dante, Lutero, Juan Ja- cobo, son como los grandes rebeldes de sus res- pectivos siglos, hasta cuando parece que se obsti- nan en defender la autoridad. Petrarca, Erasmo y
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Voltaire son, en el fondo, conservadores, si se me permite aplicar á ingenios tan elegantes estas me- táforas de la revolución, y lo son hasta cuando llegan á la parte tribunicia ó de demolición. Entre los unos y los otros hay antipatía de naturaleza, y los segundos guardan un secreto miedo de los pri- meros, de donde procede su recato, su suspicacia y las restricciones en el modo de tratarlos y de discurrir sobre ellos»
En este pasaje de Carducci está perfectamente indicada la diferencia entre los verdaderos revo- lucionarios y los que sólo lo son de apariencia. De un lado los espíritus religiosos, los hombres de pa- sión y de fe, los de entusiasmo: el Dante, Lutero y Rousseau; y del otro lado los espíritus escépti- cos, los hombres de raciocinio y de duda: Petrar- ca, Erasmo y Voltaire.
Y es que el elemento más genuina y eficazmen- te revolucionario, es decir, progresista, el resorte más enérgico de todo progreso es el entusiasmo religioso, es la fe, y el elemento más genuina y eficazmente conservador, cuando no reaccionario, la rémora más grande á todo progreso espiritual, es el sentido racionalista. Es la ilusión lo que hace avanzar á los pueblos.
Todos los volterianos enemigos de Rousseau son, en el fondo, tan conservadores como lo era Voltaire mismo. Faltos de toda creencia religio- sa, de toda fe en la trascendentalidad de la vida, creen, sin embargo, que la religión puede ser un arma política y que es un medio de contener á las muchedumbres.
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Se me dirá que también los racionalistas pueden ser hombres de fe y que hay quienes la tienen en la razón misma. Sin duda alguna, pero éstos, en el fondo, no son tales racionalistas. La razón en que ellos creen no es razón, como no es ciencia la ciencia en que creen los cientificistas.
Conozco adorador de Nietzsche — y ¡qué estra- gos ha hecho este hombre funesto en la legión de espíritus faltos de cultura filosófica! — que se cree libre de toda ilusión trascendente, cuando no hace sino vivir de ilusiones y de los fantasmas que le sugirió aquel desgraciado poeta y soñador que, para defenderse de su ingénita y jamás vencida debilidad, inventó la sofistería de la fortaleza.
En el tercer volumen de su gran obra sobre la Reconciliación y la Justificación, decía Ritschl, que la oposición entre la ciencia materialista y el cristianismo no es sino la oposición «entre el ins- tinto de la religión natural fundido en la observa- ción científica, y de otro lado, la concepción cris- tiana del universo». Lo cual quiere decir, que no es la ciencia lo que se opone á la religión, sino que es la religión pagana, ó más bien, el sentimiento religioso pagano, disfrazado de ciencia, lo que se opone á la religión cristiana.
En rigor, no hay nada más menos científico que los ataques que á nombre de la ciencia se dirigen al cristianismo. A los dogmas de éste — del cristia- nismo dogmático, se entiende — se oponen otros dogmas, no menos dogmas, y no menos extrarra- cion al men t e construidos .
Un libro como el famoso Fuerza y materia, de
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Büchner, pongo por caso, es de lo menos científico y de lo más religioso — religioso pagano — que pue- de darse, empezando porque los conceptos mismos de fuerza y de materia, tal y como Büchner los concibe y los aplica, son conceptos místicos y muy poco racionales.
Y no vengamos á hombres como Nietzsche, por- que sus calumnias gratuitas y absurdas contra el Cristo y el cristianismo no han podido hallar aco- jida y asenso más que entre personas profunda- mente ignorantes de lo que es y lo que significa el Cristo, y que jamás se han tomado la molestia de leer con atención y sin prejuicios los Evangen- 1 lios. El desdichado soñador llamó ladrón de ener- gías al Cristo, que es quien más energías ha des- pertado, y él, por su parte, ha contribuido más que nadie á que se crean genios no pocos ma- jaderos y que se figuren tener almas de leones, por haber aprendido sus aforismos, legión de bo- rregos que, por espíritu rebañego, se han aparta- do del grueso del rebaño.
En el breve, pero sustancioso estudio que de- dica Papini á Nietzsche en su libro que ya antes os he recomendado, II crepúsculo dei filoso fi, después de poner de manifiesto, citando pasajes evangélicos, lo gratuito y arbitrario de los ataques de Nietzsche al Cristo, añade: «Pero su odio al cristianismo derivaba, en parte, de una especie de rivalidad ó de miedo que se puede sorprender en ciertos de sus pensamientos. Lo combatía por una especie de rencor contra aquella tentativa de sustituir nuevos vencedores á los antiguos. Por
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una extraña y anacrónica solidaridad, Nietzsche gustaba de los fuertes de tipo pagano , y me atre- vo á insinuar que las críticas que dirigió contra el cristianismo tienen un motivo semejante á aquel que atribuye al cristianismo, y es el miedo».
Siempre he creído que Nietzsche fué un hombre dominado por el miedo, por el miedo de morirse del todo, miedo que le hizo inventar lo de la vuel- ta eterna y miedo que le hizo arremeter contra el cristianismo, ya que no lograba ser cristiano. El fué quien dijo que en el fondo sólo ha habido un cristiano, y éste murió en la cruz. Y antes que él, otro hombre que se le parecía en ciertas cosas, pero que, en conjunto, le era muy superior, Kier- kegaard, el gran teólogo y soñador danés, alma atormentada y heroica , había escrito que la cris- tiandad está jugando al cristianismo. Pero Kierke- gaad fué un hombre demasiado sincero para ha- berse popularizado.
Pero todavía puede uno simpatizar con el alma de Nietzsche aun abominando de sus enseñanzas y cobrar cariño y admiración — hijos de piedad una y otra — á aquel espíritu de torturas que vivió en lucha perpetua con la Esfinge, hasta que la mirada de ésta le derritió el sentido arrebatándole la ra- zón. Pero con quienes es muy difícil simpatizar, es con los nietzschenianos, sobre todo con los na- cidos y criados en nuestros países católicos, donde la ignorancia en materias religiosas es la ley ge- neral.
Y desgraciado del pueblo en que se agosta ó se hiela el hondo sentimiento religioso que ha produ
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cido esos grandes rebeldes como el Dante, Lutero y Juan Jacobo. La causa del progreso espiritual está perdida en tales pueblos y muy pronto las cla- ses cultas de ellos pierden el apetito de vivir, cayendo en las formas del tedio disfrazado y en toda clase de deportes, entre los que se cuenta la política. Porque la política en estos desgraciados pueblos, cuando no es un medio de medrar y de satisfacer concupiscencias ó codicias personales, es un deporte, un verdadero juego. El ideal ha desaparecido por completo.
Mi buen amigo, el joven uruguayo Alberto Nin y Frías, que no siente vergüenza de profesar á todos vientos su cristianismo, se me lamenta de la indiferencia con que es acojida la labor suya y de otros animosos compañeros suyos, y déla rabia con que le atacan los nietzschenianos y anticris- tianos de por allá. Y yo le aconsejo que no haga caso de los espíritus rebañegos que, no encon- trando su humanidad se han agarrado á lo de la sobrehumanidad, y que siga tranquilo y confiado su labor constante. Esa moda pasará y en cam- bio hace ya veinte siglos que, en una ú otra for- ma, no ha dejado de estar de moda siempre el Cristo. Y los que más abominan de El están, sin saberlo ni quererlo, más vivificados de lo que creen por su doctrina.
Lo horrible, lo verdaderamente horrible, es el escepticismo volteriano, el que ha hecho esos con" vertidos franceses á los que tan justamente fusti- gaba Gourmont en el «Epílogo» del número de primero de este mes de junio, del «Mercure de
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France». Son convertidos que se convierten para vender un libro. Eso no es más que literatura y cristianismo á lo Chateaubriand , es decir, come- dia. Se prendan de la Virgen. Y á este propósito dice Gourmont, que no sabe si Pascal, que tenía inteligencia de hombre, nombra una vez siquiera, con reverencia particular, á la Virgen Santísima. Y como en mi «Vida de Don Quijote y Sancho» he discurrido sobre lo que este culto idolátrico á la Madre de Jesús significa y vale en su fondo , no me parece bien repetirlo ahora aquí.
Y así los individuos y los pueblos, después de errabundas divagaciones por los más extraños campos, vuelven siempre á los eternos principios de la eterna fe y de la esperanza eterna que son la sustancia de la vida espiritual.
ISABEL Ó EL PUÑAL DE PLATA
Una de las mayores desgracias que á una nación cualquiera puede sobrevenirle es la de que se ponga en moda literaria. Y esta desgracia le está cayendo, no sé en expiación de qué culpas, á Es- paña. Desde hace algún tiempo verbenean, que es una desolación, los libros escritos en el extran- jero, en la «docta» (!!!) Europa, sobre nuestra España. Unos son impresiones de viaje, otros es- tudios sociólogos — y éstos los más terribles, por- que nada hay tan desecante como ese galimatías de vulgaridades á que se da el pomposo nombre de ciencia (!!!) sociológica — y otros, en fin, nove- las y hasta poemas. Han caído sobre nuestra le- yenda, ó mejor sobre nuestras múltiples leyendas, con frecuencia contradictorias las unas de las otras, toda casta de literatos impotentes á la hus- ma de lo exótico. ¡Y qué de cosas se escriben, cielos santos! Voltaire puso en moda á los chinos, Montesquieu á los persas, Chateaubriand á los na- chez y no sé quiénes nos están poniendo en moda á los españoles. Y ponerlo á uno en moda, es que- rer ponerle en ridículo. Menos mal que nos reímos
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de ellos más aun que ellos puedan reírse de nos- otros.
Mas entre los engendros ultrapirenaicos, á costa de nuestro pueblo, dudo que se haya podido pro- ducir otro más deliciosamente disparatado que el que acaba de perpetrar un tal Pascal Forthuny bajo el título de «Isabel ou le poignard d'argent», novelucha truculenta, donde hay muertes repen- tinas, incendios, asesinatos, jesuítas y conventos. Un verdadero modelo en su género.
El apellido Forthuny, á pesar de la hache que á la te se sigue, es un apellido genuinamente ca- talán, y el nombre Pascal, ó Pascual, también tie- ne mucho de ello. Además, el libro va dedicado á un Domingo Solé, que sin duda será quien más le haya sugerido al autor los cien mil desatinos de que ha llenado su libre] o. Pero aunque catalán al parecer, en realidad el Forthuny es francés, y muy francés, aunque no en lo bueno, sino más bien en lo malo. Ha estado en España, no cabe duda, y en esta pecadora Salamanca, donde pone el escenario de su novelucha, y ha aprendido al- gunas palabras españolas conque empedra su pro- sa francesa, sin traducirlas ni subrayarlas, ó más bien «cursivearlas». Así vemos que sabe lo que quieren decir alcarraza, conserjería, peluquería, paseo, ventana, corral, aguardiente, feria, corrida, criada, navaja, etc., etc., aunque ignore que en español no se dice ni Guilhem de Castro, ni Te- resia, ni otras cosas por el estilo. Aunque la ver- dad es que á un «artista» del fuste de Forthuny (Pascal) no se le pueden exigir conocimientos lin-
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güísticos. Le es muy lícito, pues, presentarnos á su héroe, el salmantino Lorenzo Sánchez, premia- do por un trabajo de comparación entre los idio- mas vasco, bretón y céltico, y un dicccionario de las raíces comunes á los «tres« idiomas. Si se tra- tara de un lingüista habría que echarle al corral — es una de las palabras españolas que el autor co- noce— por ignorar que el bretón es una rama de los idiomas célticos y que hablar del celta como de un idioma distinto del bretón es hablar del in- do-europeo como distinto del alemán ó de la len- gua romántica como distinta del italiano, del es- pañol ó del provenzal, y lengua por sí. Y en cuan to á esa misteriosa comunidad de raíces que Pascal Forthuny, y no Lorenzo Sánchez, ha descubierto entre el vascuence y el bretón, obra es tal descubri- miento, no ya moderno, de un razonamiento que no tiene vuelta de hoja. Cual es éste: En Francia no se hablan sino dos idiomas que no sean de origen latino, dos solos idiomas de que un francés que no sea de los países en que se hablan no logre enten- der ni palabra apenas, y son el bretón y el vas- cuence, «ergo» el bretón y el vascuence son her- manos. ¿Cómo van á poder diferenciarse profun- damente dos cosas que yo no diferencio porque no las entiendo? ¿Cómo van á poder hablarse en Francia dos lenguas igualmente ininteligibles para un francés puro, sin que sean en el fondo la misma lengua? Fuera de mí no hay sino la confusión.
Y no vaya á creerse el lector que esta conside- ración sobre el fantástico parentesco entre el bre- tón y el vascuence sea algo episódico y digresivo
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aquí, i no! En este detalle se denuncia la psicolo- gía toda del autor, cuya incapacidad no ya para sentir, pero ni aun para comprender el alma espa- ñola es notoria. Para el señor Forthuny no hay más vida, ni más progreso, ni más cultura, ni más alegría, ni más porvenir que el suyo, el que cree ser el de su pueblo; todo lo demás es muerte, in- movilidad, atraso, tristeza y tradición. No se le ha pasado siquiera por la mollera que pueda haber otro desarrollo de vida, es decir, otra vida que la suya. El potro está condenado á muerte, á inmo- vilidad y á vegetar en la memoria del pasado, por- que va derecho á hacerse caballo en vez de ir, como debiera, á hacerse toro; por lo menos, así piensa el ternero.
La acción de «Isabel ó el puñal de plata» tras- curre, como os decía, en esta pecadora Salaman- ca en que habito y vivo y trabajo hace ya veinte años y á la que no conocía hasta que el señor For- thuny ha venido á descubrírmela. Trascurre en esta Salamanca «madre de las virtudes, de las ciencias y de las artes», repite el autor, en esta Sa- lamanca, que si hiciera caso á los Lorenzo Sán- chez, ó sea á los Forthunys, «podría constituir aca- so un día en el cuerpo español, con la Barcelona del este, las dos meninges de inteligencia y de progreso á que todos los otros miembros obede- cieran». Gracias, señor Forthuny, gracias, muchas gracias en nombre de Salamanca, pero... no me- recemos tanto. Y no es modestia.
El señor Forthuny ha estado en Salamanca y por ciertos detalles se deduce que en época de fe-
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rías, de fines de Agosto á mediados de Setiem- bre, en época en que yo no estoy aquí. Os juro que no le conozco y os juro también que si hubie- se estado conmigo se habría tal vez ahorrado los disparates de su libro, es decir, se habría ahorra- do el libro. Pero... ¡quiá! ¿venir á España y no es- cribir un libro sobre ella? y un libro conforme á la idea preconcebida que de España se tenía, por su- puesto, ya que sólo se vino á corroborar esa idea, cerrando los ojos á cuanto no lo confirme. Es de- cir, cerrándolos no, antes más bien no viendo aún con ojos abiertos.
El señor Forthuny estuvo en Salamanca, en efecto, y tomó ciertos datos y noticias en su «car- net» de viaje. Sabe que el tren de Medina llega á las 4,33 de la mañana, aunque esta hora pueden cambiarla antes que publique la segunda edición de su novelita; sabe que hay un hotel del Pasaje, una señora rica y soltera á la que se le conoce por el nombre de la Pollita de Oro, un diario que se llama El Adelanto, de cuyo sentido se informó bastante bien, una calle del Doctor Riesco; el se- ñor Forthuny sabe respecto á Salamanca bastan- tes detalles que también sabemos su vecinos y moradores , pero sabe también otras varias cosas que ignoramos, como que Alfonso Rodríguez — su- pongo será el P. Alonso Rodríguez, jesuíta y uno de los primeros prosistas de nuestro siglo clásico — fué jefe de la universidad; que fray Luis de León — ¡y este sí que es descubrimiento! — fué fundador de ella, que son frailes los colegiales del colegio de Irlandeses, que la iglesia de San Esteban tiene
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torres, que los dominicos anclan descalzos, que la catedral vieja tiene criptas, que hay aquí una gi- ralda... etc., etc. Pero estas son menudencias. Puede el visitante de un pueblo equivocarse en cien detalles y cojer el alma del pueblo, así como un libro de historia cabe sea una gran mentira siendo verdaderos sus datos todos y ser una gran verdad plagada de inexactitudes de detalles. Y en esto de haber sorprendido el alma de Salamanca sí que es portentoso Forthuny.
En este libro que lleva por subtítulo «La trage dia de las dos Españas», había que escojer la ciudad española más trágica y más atrasada, la más reaccionaria, la más levítica. Y es claro, en toda España «cindadela arcaica de los prejuicios, de los enceguecimientos, de los enervamientos, de los entorpecimientos, de las incuriosidades, trin- chera de las fes que han muerto , último baluarte en que se obstinan en no conocer nada del mundo exterior, pueblo nacido demasiado tarde en un si- glo demasiado joven», en una España tal, la ciudad muerta por excelencia tenía que ser Sala- manca. Isabel le dijo al autor que no creía, fuera de los malditos catalanes, en la sinceridad de un español que invoque los tiempos nuevos. ¡Esto de tiempos nuevos tiene la mar de gracia! La pobre Isabel, la del puñal de plata, la que después de matar con él á su amante, nadie sabe por qué y menos que nadie el señor Forthuny, se mete monja en Alba de Tormes, la pobre Isabel no había sali- do nunca de Salamanca, que si hubiese salido de ella habría visto que cualquier otra ciudad españo-
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la es mucho más levítica y más reaccionaria y más presa de eso que Forthuny entiende por pasado que ésta su ciudad natal, y desde luego muchísimo más que ella cualquier ciudad catalana.
Al bueno de Forthuny le tomaron aquí de primo y se quedaron con él dándole la castaña. (Tres giros que á pesar de sus conocimientos en caste- llano de seguro no entiende). Y es que se fió, sin duda, de algún viajante ó comisionista catalán que resultó ser su compañero de posada. Y ese comi- sionista le hizo creer que en las librerías de Sala manca sólo se vende lo que los jesuítas quieren, cuando se vende hasta las obras de otros Forthu- ny; que los nobles irlandeses, unos pacíficos estu- diantes que con nadie se meten, ocupándose sólo en seguir sus estudios, paseai y jugar al «foot- ball», intrigan para comprar librerías (!!!); que los jesuítas — ¡oh, el coco! ¡el coco! — compran á des- dichados para que asesinen á otros; que un guar- dia civil se mete en una taberna á echar unas co- pas— en Francia se ve alguna vez soldados borra- chos, en España ¡jamás!; — que al que manifiesta aquí ideas racionalistas se le aisla y huye la gente de él como de un apestado; que la mayoría de los obreros de esta ciudad comulgan todos los años y precisamente el 25 de Diciembre; que... ¡Le hizo creer tantas cosas! Y en Salamanca, precisamente en Salamanca, en esta Salamanca que creo cono- cer algo por habitar, vivir y trabajar en ella hace veinte años, y que es una de las ciudades de es píritu más abierto, de mayor tolerancia para todas las ideas, una de las ciudades de España en que
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más se lee y de todo, una ciudad en que desde hace tiempo, desde los tiempos del cantón, la ma- yoría es republicana. Esto último lo sabe Forthu- ny, se lo dijo el comisionista, su lazarillo, pero le dijo también que el ejército, la guardia (¿cuál?), la iglesia, la mujer, la tradición, la pereza neutralizan el número y que si «esta banda de imbéciles» — así llama Lorenzo á los republicanos salmantinos — no estuvieran desunidos, hace tiempo que se ha- bría visto algo nada menos que en la Península. ¡Aquí de la meninge aquélla!
¿El argumento de Isabel? ¿Para qué os he de contar ese argumento? No le tiene. Todos aque- llos horrores melodramáticos, jesuítas que com- pran un asesino, un dominico «descalzo» (!!) que en plena iglesia denuncia por su nombre á Lorenzo Sánchez — , cosa absolutamente inverosímil, y más tratándose de los dominicos de Salamanca — muer- tes repentinas, asesinatos, noches de pasión en que — prepárense á oir un delicioso galimatías — los amantes «quedaban suspendidos en medio del infinito, desencarnados, reencarnados en el éter imponderable del maravilloso himen» — ¿qué tal? — todo eso no es argumento. Todo es, en el fondo tenebroso y secreto como aquellos caminos «se cretos» también, que en el templo dominicano d San Esteban, llevan por galerías del claustro a coro, y cuyo secreto conoce aquí todo el mundo
Y todos estos males que nos asedian, y de cuy existencia ni nos habíamos dado cuenta, ¿por qu los tenemos así encima? Por obstinarnos en seguir siendo españoles; ni más ni menos. Si España ve-
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geta aparte, «la pobre y magnifica España, entera- mente desnuda, apartada por sus amos del mara- villoso banquete de ideas en que los pueblos ase- guran, en una porfía de emulación, el renacimien- to de su genio»; si España es y será «el convento inaccesible donde unas viejas, en la sombra, im- plorando á Dios, hacen abortos»; si España no tiene porvenir es porque en Arapiles, en vez de derrotar lord Wéllington á Marmont, no derrotó Marmont á lord Wéllington. Los Arapiles figuran también en esta novela; en el que fué campo de batalla, tiene lugar una entrevista nocturna entre Isabel y Lorenzo, entre las dos Españas. Qué pro- fundo simbolismo, no sé si desencarnado ó reen- carnado y si suspenso en medio del infinito, en el éter imponderable del maravilloso himen!
Esta pobre y «magnífica» — ¿á qué conduce jun- tar estos dos epítetos? — España está perdida, irre- misiblemente perdida, «es un cuerpo sin pensa- miento», está muerta, «est morte, bien morte», si no se echa en brazos de los republicanos y de los catalanes. Tal es la moraleja. Los republicanos y los catalanes son los que saben admirar á Francia y tomarla por modelo; ellos son los verdaderos patriotas. El pobre Lorenzo Sánchez, víctima del puñal de plata de Isabel, su amante, sufría en esta España de las pelotas vascas, de los «banderillos» (¡sic!) y de las bebidas frescas, ¡horror! ¿Cómo va- mos á tener porvenir, cómo vamos á entrar en el concierto de las naciones cultas, con Francia la cabeza, si nos entercamos en seguir jugando á la pelota y en beber refrescos, «des boissons
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fraiches», en vez de ajenjo, cuando hace calón
Oídle á Lorenzo Sánchez, es decir, oíd á For- thuny, ó mejor dicho, oíd al comisionista, proba- blemente catalán y republicano, que sirvió aquí de lazarillo ciego al autor de «Isabel»; oídle:
«Es en Francia, es en Inglaterra, donde he sa- bido que era un buen español. He visto el mundo, verdad, y vosotros habéis vivido bajo las torres de la catedral nueva. Os lo juro por Dios, soy más castellano que vosotros. Porque conozco la sonri- sa socarrona — «le sourire narquois» — de los otros, de los extranjeros cuando hablan de España; por- que he oído cómo se burlaban de nuestra patria de guitarras, de seguidillas y de toreros, por esto es por lo que sueño en una resurrección de nues- tra vieja raza española...»
¡La sonrisa burlona! — «¡le sourire narquois!» — ¡Pobre Lorenzo! Pero yo le aseguro á Lorenzo, ó á Forthuny, ó á su lazarillo, que ahora que empe- zamos á conocer mejor á Europa, empezamos tam- bién á reimos de ella, y que acabaremos riéndo- nos, no con la¡ sonrisa burlona de Voltaire, sino con la terrible risa de Cervantes. El pobre Loren- zo Sánchez, llevando clavada en el corazón como un puñal, aunque no de plata, como el de su aman- te, esa sonrisa burlona, miraba al puente de hierro de la Salud, «por donde se va á otros países».
Fíjense bien en esto, en un puente áe hierro de un ferrocarril por donde se va á otros países. ¡Y por ese puente de la Salud se va ante todo al ex- reino, y hoy República de Portugal, á Oporto, á Lisboa, donde se puede tomar un barco de vapor
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que le lleve á uno á Londres, á Hamburgo, á Ná- poles, á Buenos Aires, á Nueva York, al Havre y de allí á París ó á Babia! Sí, por ese puente puede ir uno á celebrar una entrevista con Pascual For- thuny, descubridor de la tragedia de las dos Espa- ñas que se representa en esta muerta ciudad de Salamanca, que podría llegar á ser, con Barcelona en el este, una de las dos meninges de inteligen- cia y de progreso á que todos los otros miembros obedecieran. ¿Y si luego suspendiésemos esa me- ninge en medio del infinito, en el éter impondera- ble del maravilloso himen?
La que llamaremos novela acaba con una visita de los reyes á Salamanca y una aclamación popu- lar en la Plaza Mayor. Y entonces, hasta Hernán- dez, catedrático de francés y de historia y uno de !os progresistas afectos á Lorenzo — por algo era catedrático de francés— grita: «¡Viva el rey! ¡Viva Carlos Quinto! ¡Viva Felipe Tercero! ¡Viva María Cristina! ¡Viva Alfonso Trece! ¡Viva el Escorial! ¡Viva España! ¡Viva el rey!» Lo que faltaba allí era alguien que gritara: «¡Viva la meninge! ¡viva el éter imponderable! ¡viva el hímen maravilloso! ¡viva Marmont!».
Acabemos. Al frente de este libro, y como dig- nísimo pórtico de él, aparecen retraducidas al francés unas palabras de Salmerón, en que este funestísimo repúblico calumnió una vez más á su patria diciendo que es hostil al progreso — ¿á qué progreso? — palabras que recuerdan las de aquel triste discurso que dejó caer en el Congreso el 4ía 9 de Junio de 1902 y en que pedía que nos
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pongamos á la cola y al servicio de Francia , con- tentándonos con que nos dé, «no lo que constituye un hueso, que no tenemos ya ni dientes para roer, sino algo en lo cual la carga se compense con el beneficio», y recordaba, con la oportunidad que lo distinguió siempre, la expulsión de los moriscos.
De «Isabel ó el puñal de plata» no hay sino to- marlo á chacota y reirse con algo más que sonrisa burlona entre sorbo y sorbo de esos refrescos que nos tienen tan á mal; pero de discursos como aquel incalificable que el 9 de Junio de 1902 pronunció el que de seguro ha sido el patriota español mode- lo según los Forthunys, de éstos no cabe reirse. Si oímos con calma tales cosas en casa, ¿qué no dirán fuera de nosotros? Y esto, lo que digan, es lo que menos debe importarnos. Hay algo peor.
LA CIUDAD Y LA PATRIA
Otra vez he de apoyarme en hechos históricos leídos en la Historia Constitucional de Vene- zuela, del señor Gil Fortoul. Leyéndola tomó for- ma concreta en mi mente, saliendo de la nebulosa en que se revolvía por concretarse y aclararse, una suposición respecto á un problema político que ha tenido que preocupar á cuantos hayan medita- do en las visicitudes del desarrolla político de las naciones hispanoamericanas. ¿Por qué las repúbli- cas americanas de lengua española son hoy — con Panamá y Cuba — diez y ocho y no diez y seis ó veinte? En pocos años, muy pocos, se formaron diez y seis naciones. ¿Y por qué no más?
La historia nos explica cómo la Banda Oriental del Uruguay se hizo una nación independiente y no se hizo tal Entre Ríos; pero la historia no nos pone muy en claro la razón íntima de eso. Un car- lyliano, uno que rinda culto á los héroes, podrá explicarlo por la superioridad de tal caudillo sobre tal otro, y asegurar que el Uruguay fué obra de Artigas y el Paraguay del doctor R. Francia; pero siempre habrá muchas gentes'que no se satisfarán
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con tal explicación. Otros acudirán á razones de geografía, de clima y suelo, pero tampoco tales razones convencen siempre. Soy de los que rinden más sincero homenaje de admiración y simpatía ni talento brillarte y á la imaginación cálida y á la par fresca — dos cosas que en la imaginación no se excluyen — del gran poeta Zorrilla de San Martín; pero no me pueden convencer aquellos ingeniosos y patrióticos esfuerzos que hizo en su discurso al inaugurarse la estatua ecuestre del general Lava- lleja, para demostrarnos que el Uruguay tiene que ser una nación independiente con la voluntad, sin la voluntad y hasta contraía voluntad de los orien- tales, por ser una patria subtropical y atlántica.
Hoy, después de más de tres cuartos de siglo que las naciones hispanoamericanas están, en su mayoría, constituidas, la historia ha creado en ellas tradiciones haciéndolas patrias, pero siempre queda en pie para la mayor parte de ellas el pro- blema sociológico y político del origen de su cons- * titución. Y no creo que ayude á resolverlo del todo el remontarnos á la constitución de las colonias.
Claro está que tanto la acción de los caudillos, y el que unos fuesen más fuertes que otros, como la geografía y otras, explican en parte el hecho, pero siempre queda margen para otras explicacio- nes. Y la lectura del primer tomo de la Historia Constitucional de Venezuela, del señor Gil For- toul, me ha hecho fijarme en un factor al que de ordinario no se le da todo el relieve que á mi jui- cio merece.
La gran Colombia que formó Bolívar el Liber-
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tador se dividió, ya en su vida, en la actual Co- lombia, Venezuela, el Ecuador y aun Bolivia, así como más tarde se deshizo la confederación perú- boliviana de Santa Cruz. El señor Gil Fortoul nos cuenta cómo Páez, el llanero venezolano, no se formaba idea exacta de la «patria grande», pre- ocupándose ante todo de los asuntos caseros de su «patriecita» — como decía Soublette — de los lla- nos de Barinas y Apure. Lo mismo les pasaba á no pocos de los caudillos argentinos.
Y eso es enteramente natural. El sentimiento de patria, de patria grande, de patria histórica, con una bandera y una historia común y una re- presentación ante las demás patrias, siendo por ellas reconocida como tal, es un sentimiento de origen ciudadano. Nace, y si no nace, se robuste- ce en las ciudades. El campo no engendra sino sentimientos regionales, de agrupación informe. El federalismo es rural en su origen, ó si no ru- ral enteramente, producto de pequeñas villas, de burgos reducidos; el unitarismo nace en las gran- des metrópolis.
Aun hay más, y es que, contra un prejuicio muy generalizado, aseguran observadores agudos y desapasionados que los pueblos de los campos, los aldeanos, campesinos, llaneros, etc., se diferen- cian entre sí menos que el pueblo bajo de las ciu- dades, que un labriego castellano y un peasant inglés ó un paysan francés se parecen más que el chulo de Madrid, el cockney de Londres y el obre- ro parisiense. Lo que distingue á dos pueblos son sus grandes ciudades, y en torno á una gran ciu-
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dad es como, ante todo y sobre todo, se forma una patria.
El patriotismo nacional es civil, es un sentimien- to de origen ciudadano. Y no se olvide que civili- zación deriva de civis , de donde deriva también ciudad, civitas.
En la citada obra del Sr. Gil Fortoul puede verse cómo el elemento más activo en la separa- ción de Venezuela de la gran Colombia fué Cara- cas, la ciudad, donde se formó un partido «des- contento de ver la capital en Bogotá y adversario de la forma centralista de la constitución de Cúcu- ta» (pág. 390). A lo que hace observar el autor (pág. 394): «Obsérvese que este espíritu de inde- pendencia de la municipalidad de Caracas, imitado después por otras, revela que renacía bajo la re- pública la tradición de los ayuntamientos españo- les... Ulteriormente veremos que la vida política regional tiende á concentrarse en la capital de la provincia ó estado, ó más bien en su gobernador ó presidente; de tal suerte que el régimen federati- vo, según el concepto especialísimo que de él se forman los pueblos sudamericanos (lo mismo Ve- nezuela que Nueva Granada, y Méjico y la Re- pública Argentina), contribuye al fin á substi- tuir la autonomía municipal con un vigoroso y tenaz centralismo en el gobierno regional.» Si- gue narrando los sucesos y mostrándonos cómo la opinión de la clase oligárquica, porque el pue- blo era pasivo, sólo se preocupaba de lograr la autonomía de la antigua capitanía general, lle- gando la municipalidad de Caracas , en 2 de Oc-
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tubre de 1826, á convertirse en verdadero parla- mento político.
Sigue contándonos cómo el partido revolucio- nario de Caracas y Valencia